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Rumbo al Oscar 2. La política y los premios

  • La moviola/ Gerardo Gil

En medio de un auditorio de caras divididas, algunas de ellas llenas de euforia aplaudiendo a rabiar y otros con el rostro adusto, en franco rechazo al homenajeado, Elia Kazan recibía de manos de Robert De Niro y Martin Scorsese un Oscar honorario a su trayectoria.

La ceremonia llevada a cabo el 21 de marzo de 1999 en el Dorothy Chandler Pavilion, tuvo presente a dos mundos de Hollywood: aquel de rostro liberal y el de tradición conservadora. Mientras un republicano confeso, como Warren Beatty, celebraba aplaudiendo parado al director de filmes como Un Tranvía Llamado Deseo y Viva Zapata, el disgusto se hacía latente en rostros de personajes como Nick Nolte. Los más moderados como Steven Spielberg o Helen Hunt aplaudían sin ocultar cierto desacuerdo.

Y no era para menos si consideramos que Kazan había militado en el Partido Comunista durante la “Caza de Brujas”, el llamado macartismo, que hacia la segunda mitad de los 40 y sobre todo en los 50, se dedicó a perseguir a todo lo que oliera a izquierda. El problema es que el cineasta en cuanto se vio presionado, delató a varios de sus compañeros. Más de 40 años después, la herida seguía abierta.

El Oscar y la política no resultan un fenómeno aislado, ejemplos hay muchos y suelen ir acompañados –visto en perspectiva- de sabrosas anécdotas: Marlon Brando rechazando su premio a Mejor actor en 1973 por El Padrino, enviando a una mujer nativa norteamericana para denunciar como Hollywood retrataba a sus comunidades es otro más.

En cuanto a películas se refiere, es posible –aunque no exclusivo- medir el ánimo de premios y nominaciones. Este año no es la excepción y es quizá un momento en el que esto se vea de manera más clara.

Varias de las ternas, sobre todo en lo que compete a mejor película pueden ejemplificar lo anterior. ¿Cuál será entonces la nominación políticamente correcta y la digamos que navega en aguas más tranquilas?

En el caso de lo políticamente correcto se encuentra Talentos Ocultos (Hidden figures, Theodore Melfi, 2016). La historia de una mujer afroamericana, Katherine (Taraji P. Henson) que colabora para el avance en la carrera espacial, no tiene desperdicio. Se sazona la nominación a Mejor película, con la terna de Octavia Spencer por Mejor actriz de reparto. Es claro el filme en su mensaje, pero tampoco se mete en grandes complicaciones.

La otra película que puede estar en esta opción, pero tiene más fortaleza narrativa y si se quiere resulta más directa es Luz de Luna (Moonlight, Barry Jenkins, 2016). El retrato de los guetos en Miami y la búsqueda de la identidad sexual para un vendedor de droga local entrega al público un testimonio social menos complaciente que Talentos Ocultos. En medio del discurso de género y racial, con las quejas recientes en años anteriores por falta de diversidad en los premios le da puntos a favor para estos largometrajes.

Los dos anteriores ejemplos son lo políticamente correcto pero ¿cuál será el título que no meta ese ruido o testimonio en la entrega? de forma curiosa y en medio de un discurso liberal, sobre todo, de la comunidad hollywoodense la respuesta está en el favorito de las apuestas: La La Land.

El musical dirigido por Damien Chazellea, a pesar de romper con la tradición musical de personajes optimistas hasta la oligofrenia, navega en aguas más tranquilas. Porque el filme que tiene 14 nominaciones, cuestiona, es verdad, el ánimo de una generación. Sus personajes brillan por su pragmatismo, pero no tiene la militancia social digamos, de los anteriores ejemplos.

Eso no quita, que la película sea impecable a nivel cinematográfico. Su valor es incuestionable. Poética en su pesimismo y un brillante homenaje al cine desde el cine.

La baraja escondida de estos ejemplos puede ser el western social Enemigo de Todos (Hellorwater, David Mackenzie, 2016) de reciente estreno en México. Además de competir por Mejor película, tiene las ternas de Actor de reparto para Jeff Bridges, guión original y montaje. El retrato crudo de la Norteamérica blanca con su proclividad a la violencia, escenarios sin concesiones, su timing y respeto al género no tiene desperdicio. Puede dar una sorpresa.

Nada está escrito, todo puede pasar y tan es así, que en 1972 Charles Chaplin recibió un Oscar honorífico luego de varios años exiliado por la “Caza de Brujas” del macartiszmo. Ese año el hombre que ocupaba la presidencia era el mismo que en los 50 trabajaba como asistente del Comité de Actividades Antinorteamericanas: Richard Nixon.