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Sabíamos que iba a pasar…

  • María Antonieta Collins

Hay una razón para que mi máquina no tecleara mis columnas.

Difícilmente olvidaré la mañana del nueve de noviembre de 2016. No era únicamente por el resultado de la elección presidencial, sino también por las consecuencias inmediatas que esto produjo en mi familia…

Por la mañana recibí una llamada de mi hija Antonietta quien vive en Connecticut donde trabaja como periodista deportiva para una cadena de televisión en inglés. De inmediato me di cuenta que estaba llorando.

“Estaba con una amiga esperando en la fila de un restaurante de comida rápida, por supuesto, hablando español entre las dos, cuando vino una americana a decirme: ‘Aprende a hablar inglés, aprende a ser humana y vete de regreso a tu país’. Me quedé que no sabía qué hacer y salimos tras de ella a decirle que ambas, mi amiga y yo éramos norteamericanas, ¡qué este es nuestro país! Pero la mujer cobardemente se subió a una camioneta Pick up que tenía de adorno dos banderas de los confederados, una de cada lado… y huyo riendo a carcajadas”…

Mi hija y su amiga no se quedaron con la boca callada porque sabían como defenderse. Ambas chicas profesionales, con un inglés mejor que el de la mujer que las atacaba y que se veía a todas luces que era una racista, de las que despectivamente aquí los mismos anglos llaman “red neck” y quien ignoraba que esas muchachas de aspecto hispano a las que solo por discriminación y gusto había insultado, habían salido de universidades que ella jamás podría pisar porque seguramente no pasó de la escuela elemental, y que los trabajos de estas dos chicas eran en perfecto inglés.

“¡Qué fácil es ser hispano en Miami donde crecí -me dijo llorando mi hija- allá la ciudad es de los latinos, pero aquí la elección donde triunfaron los votantes con tanto rencor por nosotros nos ha dejado algo muy triste. Nunca, nunca en mi vida alguien me había atacado por mi aspecto, como hoy”.

Me puse a llorar con ella. Me salieron las lágrimas de rabia y de impotencia.

“Lo peor es que yo me puedo defender, -seguía diciéndome ella- pero ¿qué va a ser de los que tienen que callarse? De los que ahora si saldrán de sus casas con más miedo de que los detengan y los deporten y no puedan volver a ver a sus familias?”.

Alcanzo solo a decirle que estoy orgullosa de que no se haya quedado con la boca cerrada y que no podemos permitir esas ofensas, pero lo que me contó me dio una tristeza infinita. Tanto, como ese video que ha sido tan visto en las redes sociales donde niños de escuela coreaban en grupo “Buildthe Wall” (Hagamos el muro).

Me dan tristeza más cosas: que si bien las encuestas fallaron y no han dicho “esta boca es mía” y los encuestadores quedaron como la estrofa de la canción ranchera que dice: “Los mariachis callaron…” también es cierto que hubo números que encontraron y que no se pueden ocultar: los hispanos ciertamente salimos a votar, pero no somos tan poderosos como creíamos.

El mensaje del ganador fue certero: dio exactamente en el blanco calculado: el votante anglo que se convenció de que los latinos unidos a los afroamericanos serían los dueños de la elección y salieron a votar donde nadie lo imaginó, y lo demás ya es historia.

Esto cambia mi propia historia, porque antes, no podía recordar un momento en más de treinta años viviendo en los Estados Unidos en que alguien me hubiera humillado por mi origen, y siempre pensaba que si lo hicieron, quizá fue tan sutil que nunca me di por enterada.

Hoy para nuestra desgracia las cosas podrían ser diferentes, pero la receta es la misma. No quedarnos con la boca cerrada que este sigue siendo el país de la democracia. A lo mejor tomando las cosas con humor, como aquella amiga que antes los pleitos electorales ha dicho: Nos volvemos a hablar en cuatro años, es decir, hasta la próxima elección.