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San Juan Chamula

  • Betty Zanolli

Betty Zanolli Fabila

Una de las principales instituciones del mundo indígena desarrollada a través de las centurias prácticamente en toda Mesoamérica –detectada también en otras regiones del continente como Perú, Bolivia y Brasil-, es el Sistema de Cargos (SC) -así llamado desde 1937 por Sol Tax pero analizado solo a partir de las últimas décadas por distintos investigadores como Leif Korsbaeck, Franck Cancian y Evon Z. Vogt, entre otros-. Esquema que opera como eje estructural del sistema indígena económico, social, político, moral e ideológico y entre cuyos objetivos prioritarios destaca el procurar la igualdad en el seno de la comunidad al garantizar la redistribución del excedente, a fin de evitar la acumulación de la riqueza; al asegurar que todos los miembros varones de la comunidad accedan al poder; al distinguir entre los miembros de la comunidad y los que no lo son, ubicando a la comunidad como centro del mundo y estableciendo sus valores y vías de comunicación con la autoridad a través de la jerarquía política. Así de simple, así de sabio. Por ello, cuando dicha igualdad o mecanismo de nivelación se ve dislocado, el SC entra en crisis al verse precipitado hacia la anomia, lo que impacta en el seno mismo de la comunidad indígena. Asunto de especial trascendencia, porque si en algún lugar de Mesoamérica el SC fue determinante y ofrece mayor información antropológica, etnohistórica y jurídica para su estudio, es justamente los Altos de Chiapas, en gran medida por sus altas tasas de analfabetismo y presencia indígena y debido a que no hay una comunidad con un Gobierno igual al otro. Región del mundo antiguo que a partir de la penetración “civilizatoria”, ha sufrido un proceso permanente de cambio cultural, tal y como lo presentó en 1952 Ricardo Pozas, cuando publicó su clásica novela “Juan Pérez Jolote”, que recrea el testimonio de un indígena tzotzil de San Juan Chamula: “No sé cuándo nací. Mis padres no lo sabían; nunca me lo dijeron. Me llamo Juan Pérez Jolote, lo de Juan porque mi madre me parió el día de la fiesta de San Juan, patrón del pueblo, soy Pérez Jolote, porque así se nombraba a mi padre”.

Sin embargo, el transcurrir de siete décadas son demasiadas en la vida de una comunidad. Muy poco queda ya de aquel legendario pueblo indígena de tradición católica ubicado a 10 kilómetros de San Cristóbal de las Casas. Más allá del natural efecto que en él suscitó el movimiento zapatista de 1994, la penetración de intereses de todo tipo, ajenos a su comunidad, han socavado su ancestral estabilidad, tanto en lo económico como en lo político y religioso. Tan es así que en busca de evitar el resquebrajamiento de su igualdad comunitaria tradicional, muchos se han adentrado en otros credos, primero el protestante y desde varios lustros el musulmán, en el afán por buscar en la medida de lo posible una mayor preservación de sus antiguas tradiciones. ¿Cómo entender entonces la tragedia que ha ensangrentado a San Juan Chamula? Su explicación es diáfana: en el país existe un creciente vacío de poder derivado del estrepitoso fracaso de nuestro Estado de Derecho. Por todo el territorio nacional acaecen enfrentamientos aislados pero articulados en un mismo sentido: ¡Basta de impunidad, de corrupción, de inseguridad! ¿Sirvió acaso la reforma al artículo segundo de nuestra Carta Magna cuando reconoció los usos y costumbres de los pueblos originarios? No. Fue la salida fácil de un Gobierno neoliberal que lejos de contribuir al reconocimiento de nuestro multiculturalismo, solo abonó a constitucionalizar el abandono de las comunidades indígenas. Por eso mismo el pueblo chamula, uno de los más místicos, explotó y sus autoridades fueron linchadas, como ocurre ya con mayor frecuencia en nuestra violentada Nación. Es la voz del México profundo que está por despertar resistiéndose a morir, pues como dijo en su última frase el tzotzil Pérez Jolote: “Yo quiero vivir”.
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@BettyZanolli