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Segunda parte: El exotismo de Mata Hari sigue vivo | María Esther Estrada

  • María Esther Estrada

Ámsterdam, Holanda.- Para Greeta MacLeod-Zelle, la vida en las Indias Neerlandesas implicó un choque cultural enorme, pero lo aceptó entusiasmada. Ser esposa de un capitán en la colonia tenía sus beneficios: una casa amplia y personal de servicio a su disposición, cocinera y niñera incluidas. Para poderse comunicar con ellos aprendió frases básicas de malayo y poco a poco fue familiarizándose con sus tradiciones, sus platillos y sus exóticos bailes.

El 2 de mayo de 1898, nació su hija Louise Jeanne, a quien apodaron Non (niña en malayo). La familia estaba completa, pero la convivencia entre Greeta y Rudolph empeoraba día a día.

La tragedia tocó a su puerta en 1899. Sus hijos enfermaron gravemente. Non sobrevivió, pero Norman falleció. Este fue un punto de no retorno en su relación. Un año después Rudolph se jubiló y volvieron a Holanda el 19 de marzo de 1901.


Holanda


dominical5Al poco de regresar se separaron. En noviembre de 1902, aprovechado un día de visita a su hija, Rudolph ya no se la regresó.

Sin su pequeña Non, sin casa, sin dinero, sin familiares que pudieran ayudarla, sin ninguna habilidad que le permitiera conseguir un trabajo, Greeta MacLeod-Zelle decidió probar fortuna en París.


París


dominical2Llegó a principios de 1903. Solo consiguió trabajos eventuales como modelo para pintores. Con frío y hambre volvió a Holanda. París no había sido el paraíso que ella había esperado encontrar. Vivió en casa de uno y otro familiar. Rudolph no le permitía ver a Non. Desesperada, en la primavera de 1904 regresó a París, pero esta vez por la puerta grande, aunque solo llevaba unos cuantos francos en la bolsa.

Se hospedó en uno de los mejores hoteles de la ciudad y, reafirmada por ese ambiente de lujo, se jugó el todo por el todo. Aprovechando sus habilidades como amazona consiguió trabajo en un circo, pero el dueño le sugirió que buscara mejor algo bailando. Al principio lo hizo como Lady Gresha MacLeod, viuda de un oficial escocés en Indonesia. Pero el azar la llevó a conocer al señor Guimet, un rico empresario que había viajado al sureste asiático y recientemente había abierto un museo para mostrar su colección de arte.


Mata Hari


dominical4Esos parajes y culturas del otro lado del mundo eran la mar de exóticos para los franceses. Gracias a su conocimiento de primera mano de sus danzas, su idioma y sus costumbres, Greeta tenía una ventaja sobre todos ellos. Inspirada en sus recuerdos, diseñó vestuario y unos bailes sensuales. Una figura del siglo XI de Shiva Nataraja, Dios de la danza, con cuatro brazos, fue la decoración principal del espacio central de la biblioteca de forma circular del museo. Tenues luces proyectadas por velas, la iluminación. Cuatro bailarinas vestidas de negro acompañaron a la figura principal durante sus evoluciones en el escenario mientras, capa a capa, velo a velo, iba desnudándose en lo que se suponía un ritual indonesio dedicado a sus dioses.

Un striptease con mucha elegancia, frente a la crema y nata de la sociedad parisina, que quedó prendado de la belleza y la habilidad de esta mujer “procedente de la India, educada en el templo de Shiva desde su más tierna infancia y que respondía al nombre de Mata Hari, ojo del día” según les hizo saber.

La noche del 13 de marzo de 1905, murieron M’greet y Greeta. Mata Hari había nacido. Y con ella una serie de versiones fantásticas sobre su vida anterior que ella se encargó de divulgar.

A partir de ese momento se le vio en los mejores teatros así como en muchas funciones privadas en las más selectas residencias de la capital francesa. Le llovían flores, regalos y amantes gracias a su exotismo físico, con su 1.78 metros de altura, su cabellera negra y su piel morena, su cuerpo firme y fuerte, su perfecto dominio del francés, sus modales elegantes y su saber estar. Su pasado en Holanda e Indonesia le parecían un sueño lejano.

Su fama la llevó a diversas ciudades europeas como Madrid, Milán, Roma y Viena. Un éxito tras otro. Entre sus amantes se encontraban militares, abogados y políticos de todos los países. El inicio de la Primera Guerra Mundial la encontró en Berlín, preparándose para estrenar una temporada en el teatro, que se canceló. Tuvo que volver a Holanda. El Ejército germano detuvo el tren antes de cruzar la frontera. Le confiscaron su equipaje. Lo que más le dolió fue dejar atrás sus pieles.

Con la guerra en apogeo, el ambiente no era el ideal para mantener vivas las reuniones frívolas, así que vendió su residencia parisina y se mudó a La Haya.

En otoño de 1915 recibió la visita del cónsul alemán quien le propuso que volviera a París y espiara para ellos. Su nombre clave sería H21. Ella tomó el dinero que le anticipó por sus servicios como compensación de las pieles que le habían requisado el año anterior y regresó a la capital francesa donde retomó sus actividades como cocotte, prostituta de lujo. Poca información pasó a los alemanes, ninguna que no fuera ya del dominio público.

A partir de entonces, viajó continuamente entre La Haya y París. Un amante tras otro, la mayoría en los círculos de poder de cada país. Pero de tanto ir y venir llamó la atención del servicio de inteligencia francés. Su director la hizo seguir durante un tiempo antes de invitarla a espiar para el país galo, lo que ella aceptó.

En noviembre de 1916, viajó a Madrid donde se entrevistó con el agregado militar alemán (quien después enviaría información no codificada sobre ella, consciente de que los franceses podían interceptarla, como sucedió). Para volver a Holanda optó por tomar un barco pero en la escala que hicieron en Reino Unido la detuvieron al confundirla con la espía Clara Benedix. Tras interrogarla y revisar sus pertenencias sin encontrar nada sospechoso, el servicio de inteligencia inglés MI5 la dejó en libertad. Volvió a España y de ahí, el 3 de enero, salió para París.


Arresto y juicio


dominical1El 13 de febrero de 1917, la detuvieron en su habitación del Hotel Elysée Palace. Convencida de su inocencia, no pidió que estuviera presente un abogado durante el interrogatorio. Ese mismo día la internaron en la cárcel para mujeres de San Lázaro. Desesperada, el 21 de febrero se puso en contacto con uno de sus amantes, el abogado Edouard Clunet, quien la defendió durante el juicio que empezó el 24 de julio. Se le acusó de haber pasado información a los alemanes que llevó a la muerte a más de 50 mil soldados franceses.

Al día siguiente se emitió el veredicto: culpable. Su sentencia: la muerte. El 15 de octubre la fusilaron en Vincennes, en las afueras de París. Nadie reclamó su cuerpo.


El mito


Foto: Corresponsal

Dada su fama como bailarina exótica, su fusilamiento fue noticia a nivel internacional, pero pronto se olvidó. Su figura resurgió años después, con las películas que la convirtieron en un icono, como bailarina exótica que utilizó sus encantos para espiar.

¿Fue Mata Hari un chivo expiatorio? ¿Fue usada para distraer la atención de otros espías que realmente estaban aportando información estratégica al enemigo? ¿Merecía la muerte o solo la cárcel?

Puede ser que conozcamos más hechos y menos elucubraciones en 2017, cuando se abran los archivos de guerra franceses relacionados con su caso por cumplirse 100 años de los hechos.

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/amg

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