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Segunda Vuelta / Punto de Vista / Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

Desde hace cuando menos tres comicios presidenciales se ha planteado la segunda vuelta electoral. Se hizo un intento en San Luis Potosí y resultó un fracaso. Los legisladores locales eliminaron la figura.

Hoy son más las voces que se inclinan por este mecanismo porque, argumentan, los resultados son cada día más cerrados. A veces ni el punto porcentual de diferencia registran.

El problema en México –no sé si en otros países del continente- es que se viven enconos entre los candidatos presidenciales que no serían superados con una segunda vuelta. Al contrario, se avivarán más.

Piense en esto: gana el candidato del PRI y la diferencia es de menos de tres puntos. ¿Qué harían los partidos derrotados?… ¡Unirse para derrotar al que los derrotó!

Si bien es cierto, los partidos cargan con el desprestigio ganado a pulso, los votantes supondrían que si ponen en marcha el ejercicio de votar en contra del ganador, harían caer al poderoso que venció a los menos fuertes y dejarían de lado la voluntad de ese, por ejemplo, 33 por ciento que eligió al vencedor.

¿Ganará el país si ocurre esto? ¡No! Ganarán los intereses de los que creen que tienen la vara mágica que resuelve todos los problemas.

Tendríamos que voltear la mirada a la nación que cree tener la patente de la democracia y la libertad, Estados Unidos, y preguntarnos por qué allá no funciona la segunda vuelta. Encontraremos que se concede el privilegio democrático de que “el que más votos tuvo, ganó”. Hay un paradigma: en la democracia se gana por un voto. Porque un voto hace la diferencia.

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