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Sentencias. ¿Para quién? / De Justicia y otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Aunque pocas veces nos detenemos a pensar al respecto, no hay duda de que el lenguaje es un tema apasionante. Lo invito a reflexionar estas preguntas: ¿Puedo pensar sin lenguaje, sin palabras? ¿Cómo transmito algo sin lenguaje? Ojo: las señas también son lenguaje. Me encantaría profundizar pero en un texto limitado a 600 palabras es imposible. Los siguientes minutos se los dedicaremos al tema general de este espacio: la justicia. Específicamente al lenguaje en las sentencias.

Definamos qué es una sentencia. Su significado ya es un problema. Por su origen etimológico, del latín sententia, se refiere a una afirmación que transmite una enseñanza. El problema surge cuando nos asomamos al oscuro y confuso lenguaje judicial. Un procesalista define así a la sentencia: “Acto jurisdiccional que resuelve heterocompositivamente mediante la aceptación de alguna de las posiciones de los antagonistas, luego de evaluar los medios confirmatorios de las afirmaciones efectuadas y de la aplicación particularizada al caso concreto de una norma preexistente en abstracto”. Clarísimo, ¿verdad? Mejor digamos que es una resolución dictada por una autoridad que pone fin a un juicio.

Los ciudadanos son los principales destinatarios, los obligados a cumplir una sentencia y tienen el derecho a comprenderla sin traductor, en realidad la comunicación de los profesionales del Derecho y de las instituciones públicas es deficiente. Las sentencias generalmente tienen las siguientes características:

-Exceso de formalidad y solemnidad.

-Abstracción. Sintaxis compleja. Gerundios mal aplicados y oraciones mal subordinadas.

-Párrafos largos y pesados, demasiadas transcripciones, explicaciones y citas innecesarias.

-Latinismos y arcaísmos (dan la impresión de que sabemos mucho).

-Textos encriptados imposibles de descifrar sin un abogado.

El mal uso del lenguaje genera inseguridad jurídica. El Estado de Derecho se fortalece si existe transparencia. Ello exige sencillez, precisión y respeto a las reglas gramaticales. El legislador debe expresar con claridad el propósito de las leyes que aprueba y los jueces así comunicarlo. De otra manera se acaba por discriminar a los destinatarios y socavar la credibilidad de la institución: Cuando no comprendo, desconfío. Somos poco empáticos con la sociedad. El que las sentencias estén en un código indescifrable para un ciudadano común transmite un mensaje incongruente: la comprensión de los derechos está exclusivamente reservada a cierto tipo de seres humanos, los abogados.

Los juzgadores debemos apartarnos de lo que parecen ser los objetivos de las sentencias:

I Nutrir mi ego de juzgador ante lo extenso y profundo de mis argumentos.

II Demostrar a mis pares lo docto y actualizado que soy. Aunque nunca las leen.

III Que la instancia superior, quien posee un ego bastante competitivo, vea que la cito.

IV Ser ejemplo, admirado por litigantes, alumnos y colaboradores.

La sentencia tiene un principal objetivo: que las personas, los seres humanos que son parte del juicio, entiendan quién y de qué forma se les impartió justicia.

Si bien las cosas no son tan terribles, admitamos que desde las escuelas de derecho hasta las sesiones de la Corte, debemos ocuparnos del tema. Hemos avanzado en materia de transparencia y acceso pero nos falta un buen tramo.

De salida, van un par de propuestas: al final de cada sentencia el juzgador, en una o dos cuartillas, ofrezca un resumen con lenguaje coloquial. Segunda, anexar a la sentencia un glosario de los términos técnicos utilizados con su traducción.

Derivado de las anteriores consideraciones, queda usted debidamente emplazado a efecto de absolver posiciones que le serán formuladas previo acreditamiento de su legitimación ad causam sin que se causen costas en la presente instancia. O sea, ¡hasta el próximo martes!
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