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Septiembre: mes de Hidalgo y de Morelos

  • Francisco Fonseca

  • Francisco Fonseca N.

Quiero empezar este comentario interpretando las tesis del gran historiador y filósofo italiano Benedetto Croce, sobre los procesos libertarios de los pueblos contemporáneos. Croce afirma que la Historia real debe ser considerada como una hazaña de la libertad, cuando en su lucha por conquistar el derecho inalienable de su independencia, adquieren el compromiso con la verdad, la pasión y la acción decisiva.

Ese fue el camino –matriz de la libertad- por el que transitó nuestro pueblo cuando hizo suya la conciencia de su derecho a sentirse libre, a ser libre, sin dejar de ponderar los rasgos, las frustraciones, los sacrificios y el valor de su vida.

La Guerra de Independencia no solo giró en torno a los hechos violentos que requerían la separación de la monarquía española y la construcción de una nación libre. Aparecía en primer lugar la formación de una mentalidad propia que había madurado de su identidad y su conciencia humana con la convicción social de que en el porvenir de esta nación libre no habría ni humillados, ni despreciados, ni perseguidos. Dejarían de existir la esclavitud y la dependencia de un Gobierno ajeno. Había nacido la conciencia de la soberanía.

Ese era el compromiso vital y la decisión de los insurgentes. Los esclavos y mestizos provenientes de las comunidades indígenas, y los criollos discriminados y víctimas del desprecio de sus mayores, habían resuelto que serían ellos los únicos dueños y responsables de su destino.

Entraba en ebullición una identidad opuesta a la de los conquistadores. No olvidemos que, según las leyendas de los pueblos antiguos, la aparición de los dioses, los sabios y los héroes en este mundo, procedía de una sola estirpe, la del más alto nivel de la jerarquía divina.

A esta estirpe de generosos, humildes y grandiosos humanistas pertenecieron, entre otros, Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón, Mariano Matamoros, Nicolás Bravo, Ignacio Allende, Vicente Guerrero, Hermenegildo Galeana, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, y muchos más. Todos ellos, surgidos de la raíz popular, desarrollaron el trabajo reservado a los mejores hijos de su tiempo: proteger la dignidad y la soberanía de su patria. Todos ellos, unidos por la misma vocación de amor a su comunidad nacional, también surgieron como adelantados en la sabiduría al servicio del hombre. Ya en 1533, el latinista español Francisco Cervantes de Salazar se preguntaba con asombro: “En tierra donde la codicia impera ¿queda algún lugar para la sabiduría?

Tres siglos después, del árbol frondoso de la iluminación y el conocimiento, crecieron fortalecidos quienes escribieron la nueva Historia, como hazaña de libertad.

El cura Morelos -humilde Siervo de la Nación- nos deja a los mexicanos de hoy un testimonio conmovedor de su pensamiento político, libre de mezquindades: “Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad. Que todos seamos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos; que no es racional, ni humano, ni debido que haya esclavos, pues el color de la cara no cambia el del corazón ni el del pensamiento”. José María Morelos nació en este mes patrio, el 30 de septiembre de 1765; pronto se conmemorarán 251 años de su nacimiento.

Al conocer la estatura moral de Miguel Hidalgo, el escritor, poeta y héroe cubano José Martí expresó emocionado: “El 30 de julio de 1811 Hidalgo fue fusilado y su cuerpo sepultado en la Capilla de San Antonio del convento de San Francisco, y su cabeza llevada a Guanajuato en donde fue expuesta junto con las de otros caudillos, en la Alhóndiga de Granaditas. Es cierto, Hidalgo murió… ¡pero México es libre!

pacofonn@yahoo.com.mx