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Si no es terrorismo, ¿cómo se llama entonces? / Ma. Antonieta Collins

  • María Antonieta Collins

Desde Miami
No entiendo por qué tuvo que pasar la masacre de San Bernardino. No entiendo por qué los asaltantes escogieron esa calmada ciudad tan predominantemente hispana.

Durante años trabajé en Los Ángeles como reportera de información general y me tocaba ocasionalmente cubrir noticias, y digo ocasionalmente porque no es una zona donde sucediera nada importante que fuera de atención nacional ni mucho menos.

Solo noticias locales… hasta hace unos días.

Mientras oficialmente la palabra terrorismo no es empleada porque hay que confirmar detalles, la mayoría de los estadunidenses se adelanta a formar juicios.

¿Si no lo es, entonces cómo se llama?, preguntan decenas.

Puede tratarse de terrorismo doméstico, como el ataque al edificio de Oklahoma City, pero terrorismo al fin.

Que lo hiciera una joven pareja que apenas hace seis meses habían sido padres, no significa nada, dicen los analistas.

“El bebé pudo ser parte del plan para tener un perfil bajo que no levantara sospechas, sin olvidar que tenían al pequeño en una casa donde habían materiales para fabricar bombas, que tenían más de cinco mil municiones y toda clase de armas de asalto”.

Es cuando surge la pregunta: ¿Qué padres quieren criar a un recién nacido en este ambiente? Probablemente ese niño fue producto de una casualidad que surgió en el camino, y que de cualquier manera quedó huérfano totalmente a propósito. No era nada importante para que sus padres decidieran reconsiderar un mal camino que habían tomado.

Para el fundamentalismo, el fin justifica los medios, y casados o no, los que realizaron el ataque fueron vehículos para cumplir una misión, afirma el experto Octavio Pérez.

Nada aminora el azoro de la gente y el dolor en Los Ángeles, donde muchos temen salir a la calle para no ser víctimas de lo que se llaman “blancos suaves”, es decir, de ataques que pudieran ocurrir en lugares que no tienen importancia estratégica, pero donde pueden causar daños terribles, como sucedió en los atentados de París, el 13 de noviembre pasado.

El centro comunitario de San Bernardino -si todo fue planeado- fue un sitio perfecto para la masacre contra civiles indefensos.

Aurora Godoy, Juan Espinoza e Ivette Velasco, tres de las catorce víctimas mortales, no imaginaron que yendo ahí ese fatal día, estarían viviendo sus últimas horas.

Cerca de la zona, en Los Ángeles, los padres mexicanos de Nohemí González, quien murió en París, se unen al dolor de las familias de estas nuevas víctimas.

“No podemos vencernos y dar a entender que nos han ganado matando a nuestros seres queridos. Y en honor a mi hija, no voy a dejarme caer porque entonces les estaré dando la razón de que triunfaron destruyéndonos a todos”.

La madre de Nohemí nunca imaginó que el nombre de su hija figuraría en las listas de víctimas del terrorismo internacional, contrario a los muertos y heridos en San Bernardino, que tienen que esperar a que los resultados arrojen el nombre que no todos quieren pronunciar, aunque quedan otras opciones a considerar:

¿Podría tratarse de un empleado con problemas mentales agravados por alguna crisis en el trabajo? o ¿Acaso terrorismo doméstico? Sea cual fuere el nombre, lo cierto es que los mataron a sangre fría y asesinos fueron.