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Sigue la pesadilla tamaulipeca / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Ydura ya décadas. Recién supe de una religiosa misionera que, tras haber estado un largo tiempo en África, la mandaron a Reynosa. Su comentario es desolador: considera que el municipio fronterizo está en peores condiciones que Mauritania.

Su mayor preocupación, la violencia; reventó el pasado fin de semana y dejó a su paso nueve muertos, presuntos delincuentes. Volvieron las persecuciones a balazos, el bloqueo de las salidas a carreteras, los automóviles incendiados y la movilización social a través del Twitter y el resto de las redes.

El internet se ha vuelto el vehículo para advertir del peligro en una u otra zona, en vista de la incompetencia de las autoridades, para devolverles la tranquilidad a los tamaulipecos.

La incapacidad del gobernador Egidio Torres Cantú salta a la vista. Llegó de chiripa, tras el homicidio de su hermano Rodolfo, días antes de las elecciones. No había encuesta que no le diera el triunfo, al médico a quien se veía como el hombre determinado a cambiar el rumbo.

De gran prestigio y con el reconocimiento popular se esperaban mejores tiempos para el territorio castigado por el enraizamiento del narcotráfico y la delincuencia organizada. Tras su brutal homicidio, el silencio y la impunidad de los criminales que lo dejaron seco.

De mal en peor, cada seis años se ve una cara nueva –aunque siempre del mismo partido, el PRI-, y medio se revive la esperanza de recuperar la paz. El gusto dura el mismo lapso que la engañosa demagogia que promete lo hasta ahora, incumplido.

A casi todos los exmandamases, se les acaba ligando con las mafias y más de uno está impedido de poner un pie en Estados Unidos, donde tienen asuntos pendientes con la justicia. Se filtran las investigaciones de la DEA, el FBI y de algunas cortes judiciales, que los reclaman, sin que hasta ahora les echen el guante.

Aquí siguen intocables. Ni rinden cuentas de las condiciones en las que dejaron la entidad, ni responden al porqué de los cargos que se les fincan del otro lado. En plena impunidad, la historia se repite.

En el caso del actual, el reclamo incide más en el tema de su nulo desempeño; de su indiferencia para intentar resolver la inseguridad. Desde el centro trataron de manejar el esquema similar al de otras entidades problemáticas. Se lanzó la típica estrategia de seguridad, con la Policía Federal, el Ejército y la Marina, sin que la población perciba un avance firme.

Se aprehendió a algunos líderes del Cártel del Golfo, lo que se usó para publicitar el que se había desmantelado. Ahora parece que los sustituyeron algunos miembros de escasa jerarquía en el tal cártel, pero mucho más violentos. Individuos que se dedican a pelear con los líderes de otros cuatro o cinco grupos, que sustituyeron a capos tras las rejas o muertos.

Cuando el río suena, agua lleva y los imparables delitos confirman la nula voluntad política, para poner un alto. Se multiplican los secuestros, las extorsiones, el pago de piso, el tráfico de drogas, el robo de hidrocarburos y los homicidios. A la queja de los habitantes se responde con el silencio de los medios de comunicación, unos, aceitados por dineros oficiales y otros por temor.

Basta con recordar los ataques a las instalaciones de varios periódicos, con metralletas y granadas. Las amenazas a directivos y reporteros y la muerte de colegas que rechazaron autocensurarse.

Imposible ocultar la realidad. Los tamaulipecos tienen derecho a vivir en paz y las autoridades la obligación de garantizárselas.
catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq