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Silenciosa

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

A fines de mayo, recordábamos en este espacio, los iniciales puntos de partida del propósito de expansión que ha estado siempre presente en la mayoría de los jefes del Ejecutivo estadunidense.

En 1845, dos años antes de que estallara el enfrentamiento con México, James O’Sullivan publicó un editorial en el que se precisaba por primera vez que “el destino manifiesto de los habitantes del territorio de Estados Unidos, era extenderse por todo el continente que la Providencia les había asignado para el libre desarrollo de los millones que nacen cada año”.  Fue la primera referencia a la existencia de una nación cuyo propósito asignado por Dios, es extender la civilización americana concretada en el Protestantismo Anglosajón, el Capitalismo de libre mercado y el Gobierno Democrático.

Cuarenta y cinco años después, mientras se fijaba la frontera entre los dos países, de nuevo volvió a mencionarse el Destino Manifiesto. Los expansionistas urgieron a su Gobierno y a sus compatriotas a extender la influencia estadunidense sobre el Caribe y el Pacífico. Y estalló la que los historiadores estadunidenses de la época denominaron la Guerra Española Americana: “the Spanish American War”. Finalmente John F. Kennedy exhortó a su pueblo a conquistar el espacio y precisó: nos encontramos en el umbral de una nueva frontera. Y en efecto: los nuevos desarrolladores inmobiliarios habrán de solicitar permiso a las autoridades federales estadunidenses para comenzar los fraccionamientos en la Luna.

Antes, en 1579, el clérigo inglés Richard Hakluytel joven, geógrafo y expansionista entusiasta, comenzó a urgir a la Reina Virgen, Isabel I, a desafiar la supremacía comercial y naval y militar Española en el Continente Americano y en los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico.  Era indispensable establecer colonias inglesas en los territorios ahora dominados por los españoles. Y a conquistar los océanos para el tráfico mercantil inglés. El propósito expansionista estadunidense adquiere mayor vigor a partir de 1776, cuando se independizan de la Corona Británica las colonias que comienza a fundarse en 1607.

Las ideas elementales de Trump, cargadas de prejuicios de raza, ideológicos y económicos de hace dos siglos, le llevan a proponer la construcción de un imposible muro divisorio entre dos países que dependen uno de otro, como muy pocos en el mundo. Es indispensable recordar las airadas cartas de reclamación enviadas a la Secretaría de Relaciones Exteriores cuando el Gobierno de México hace saber a las autoridades migratorias estadunidenses que ya no se renovará “The Bracero Program”, como resultado del incumplimiento de las autoridades estadunidenses de sus obligaciones de seguridad social y de trabajo. Los gobernadores de Texas, Nuevo México y California protestan por la decisión mexicana. Pero lo cierto es que no puede haber muro, ni de Trump ni de nadie. Una edición del “National Geographic Magazine” de los años 60 así lo demuestra.

Trump y los conservadores estadunidenses se pondrían a pensar las consecuencias de sus necedades si las organizaciones políticas, –partidos políticos— y las altruistas, las académicas, las poblaciones estudiantiles de las universidades mexicanas se organizan en una marcha silenciosa, que parta de la Embajada Americana en Reforma hacia la estatua de Lincoln en el parque de Polanco. Que los trumpistas no escuchen consignas sino pasos: pasos rítmicos, seguros, decididos a librar controversias lúcidas, como nación, como pueblo de más de 50 culturas que le dirían sin hablar, al oligofrénico: no te metas con nosotros.  El desafío a Trump le serviría a la Nación. La fortalecería, reforzaría su tenacidad. Y daría una lección de razón al mundo. Así lo hicieron los estudiantes de México el 13 de septiembre de 1968.