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Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

  • Los deslindes
  • La trágica historia de los hermanos

Es el segundo deslinde de Rubén.

El primero se dio cuando no asistió al entierro de Eduardo Moreira, hijo de Humberto, nieto de su madre, la maestra; sobrino suyo.

Ninguno me ha podido contar el fondo del rompimiento, supongo que casi coincidente con la salida de Humberto del PRI.

Lo que recuerdo es una larga conversación con Humberto Moreira en su oficina particular, siendo gobernador, a mediados del 2010, sobre la posible candidatura de Rubén. Había un interés especial, por encima de nuestra agenda complicada y de todos los temas pendientes, para hablar al respecto. Con una perspectiva futurista.

Ya David Aguillón, uno de los hombres de mayor confianza de ambos, estaba plenamente en el futurismo por Rubén, ya habían concluido las dos campañas electorales en que Rubén, con la organización (había mucho dinero de por medio, hay que admitirlo) partidista de Humberto, y bajo su gran popularidad mayor al 97 por ciento, había dado sendas palizas al PAN. Ya era diputado federal y se había convenido, después de aquella cena en Torreón, con Rubén, mi general González Barreda y yo, que controlarían, plural, la comisión de Derechos Humanos por así convenir a los hombres del uniforme.

Ni Humberto ni su primer círculo de confianza veían a Rubén como una sombra, como un peligro. Todos estaban acostumbrados a su “última palabra”, todos sabíamos que confrontar sus posiciones frente al gobernador era una batalla perdida de antemano. En los hechos se vivía, como algo lógico, irremontable la gran fuerza, influencia de Rubén en el Gobierno de Humberto. La disyuntiva era aceptarlo o irte.

De ahí, de esa influencia, a convertirse en su sucesor, rompiendo las reglas no escritas del sistema político mexicano… había mucha distancia.

Esa tarde Humberto puso todas las opciones sobre la mesa. Coincidimos en lo imposible: No podía parar a su hermano.

Que Rubén fuese gobernador le haría mucho daño, pero eso era secundario… Por encima de la razón política estaba la fuerza del lazo familiar. Rubén iba, siempre, a imponer su voluntad con Humberto. A sabiendas. La relación de los hermanos era muy fuerte. Rubén era el mayor, poco más de 15 años cuando quedaron huérfanos, y de muchas maneras los había cuidado. Había respeto, cariño, pero sobre todo en Humberto había una fascinación inmensa, un entendimiento muy profundo, una gran certidumbre de que siempre Rubén sabría qué era lo mejor, qué era lo que debía hacerse en cualquier circunstancia. Rubén era el intelectual, el maestro…

Hoy Carolina Viggiano, que también es la esposa de Rubén, en un twitter que luego borró asevera que el Gobierno de Rubén es muy distinto del de Humberto. Y muchos habrán pensado que éste Gobierno de Rubén es muy distinto al anterior Gobierno de Rubén.

Lo que era envidiable, impactante al extremo, era el inmenso carisma de Humberto Moreira, la fuerza que tenía ante las multitudes, su autenticidad a toda prueba, su sensibilidad populachera, en lo que no se parecía, ni se parece el estilo de Rubén.

¿Cuándo se quebró la relación?

El gobernador en funciones de Coahuila, Rubén Moreira, declaró ante la presión de los reporteros, cito textual: “lo que yo sé es lo que ha aparecido en los medios”. O sea, entiéndase, que no hay comunicación familiar. Que Humberto o su familia no le han hablado al gobernador. Continuó: “Confío en la justicia española (sic) y confío en que el exgobernador, Humberto, pueda ofrecerles pruebas…”.

O sea, confianza inmanente, más bien fe diríase…

Palabras lapidarias que se unen al silencio político, al inmoral olvido de sus amigos y de tantos políticos.

Rubén Moreira terminó sus declaraciones ante la prensa sentenciando: “Es tiempo de esperar”. Yo recordé cuando llegaba a mi casa en Saltillo, a comer, a platicar, a pedirme que le ayudase con Humberto, que le convenciese de que debía ser gobernador… Entonces no era tiempo de esperar.

Deslinde, demarcación que solamente es, en lo político, de dientes para afuera. Porque en los hechos, los panistas, que fueron vistos como enemigos a vencer, están exigiendo en el Congreso que Rubén Moreira pida una licencia, deje el Gobierno por el encarcelamiento de su hermano y
antecesor.

Faltan pocos días para que el juez español decida si otorga libertad bajo fianza a Humberto o si tiene que quedarse en la cárcel hasta ser sentenciado. Lo peor que puede pasarle no es permanecer en prisión, sino que Estados Unidos obtenga su extradición y se lo lleve para ser juzgado allá.

Entonces Rubén tendría que acordarse de todos los viajes que hicieron juntos a Cuba, de todas las horas que pasaron, juntos, hablando con el comandante Fidel Castro sobre la revolución, el socialismo y todo lo que compartían, ambos hermanos, con esa ideología.

Al final, Rubén no podrá deslindarse de sí mismo y tarde que temprano su fantasma vendrá a importunar sus noches. No existe pesadilla peor.
En Twitter: @isabelarvide

Blog: EstadoMayor.mx