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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • De Gustavo Carvajal a José Murat, la hecatombe del PRI
  • Fue un hombre de bien, dice Miguel Angel Yunes

La muerte de Gustavo Carvajal provoca la reflexión sobre el desastre en que ha caído el PRI. Aquel partido que sumó las fuerzas políticas del país, que fue plataforma para el ascenso político de todos los huérfanos.

Aquel partido en el poder que era omnipotente. Que, también, era producto de la convicción, la entrega, el trabajo de sus integrantes.  Y, sobre todo, de su líder.

Donde nada estaba escrito. Donde el poder les obligaba a apuntalarse con las bases, a buscarlas, a escucharlas. A responderles.

PRI que fue binomio con Gobiernos que correspondían a lo que grandes sectores de la sociedad querían.

El recuerdo de ese PRI que hace al actual líder, Enrique Ochoa Reza, provoque compasión.  Algo parecido a la conmiseración.

Porque algo debe estar profundamente podrido, y cojo, y oliendo a podredumbre para que tengan que traer de regreso a José Murat.  A ese símbolo de todo lo que corrompió al partido.  Que lo haga, además, como pago al departamento, no sabemos cuán “humilde”, que compartió en Nueva York con su hijo, el gobernador Alejandro Murat.

Una historia que se forja al lado de Fidel Herrera Beltrán, del mismo Ulises Ruiz, que pasa por Lomas Taurinas aquel marzo en que tan cómodamente pudieron asesinar a Luis Donaldo Colosio.

Murat que, como dice, Joaquín López Dóriga, se presenta a sí mismo.

El “Impresentable” a perpetuidad.

Gustavo Carvajal, en inmenso contraste con la carroña purulenta que hoy habita en las entrañas del PRI, fue un hombre de bien.  Así lo calificó, en estos tiempos revueltos, Miguel Ángel Yunes.

Un hombre que no se enriqueció con el poder. Que no usufructuó para fines personales.  Que toda su vida siguió trabajando en el PRI de cara a los temas internacionales. Siempre con una sonrisa amable, dispuesto, amable.

La última vez que lo vi, que platiqué largo, fue el velorio de Manuel Camacho Solís. Con idéntica afabilidad a la de tantos encuentros a lo largo de nuestras vidas.

¿Qué significa ser un hombre de bien?  Alguien que no avergonzó a los suyos, que no tuvo que huir por sus corrupciones, que no fue vilipendiado justamente por sus electores, como hoy lo son tantos exgobernadores.

En su tiempo, Carvajal Moreno tuvo los hilos de todas las decisiones.  Recordemos que ser líder del CEN del PRI era, en verdad, un poder. Que debía ser convocado, “a priori”.  Y no humilló a ningún protagonista de esos tiempos.  Fue respetuoso de liderazgos locales.

Y lo fue porque viajó incansable por el país. No en la parafernalia de acarreados y matracas, sino en las reuniones de uno por uno, en los encuentros con la base, con los verdaderos “trabajadores” de su partido.  Porque los escuchó, y porque supo comunicar con excelencia lo que escuchó.

A final de cuentas, un líder se nutre de sus partidarios. Lo que no puede saber Ochoa Reza porque nunca fue priísta. Porque nunca trabajó con esas “bases”.

Carvajal fue un secretario de la Reforma Agraria igual de impecable. Y después diputado, senador de verdad, no una simple cuota regalada para ir a dormir a la curul. No fue gobernador de Veracruz porque la circunstancia es todo en política, porque no tuvo los tiempos propicios en sus manos.  Fue, siempre, un político veracruzano.  En el mejor sentido.

Fue, importa también, un hombre de lealtades. Un hombre de amigos. Un hombre de compromisos personales y políticos honrados. Que no es poco.

A su muerte se termina mucho del priísmo de talento, de hombres inteligentes, y queda inaugurado el tiempo de la ingenuidad.  Y, también, el tiempo de los patanes con Patente de Corzo…
En twitter: @isabelarvide

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