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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • Las voces que no callarán
  • Los silencios sin perdón…

Ahí estaban. Duro, duro, golpe a golpe, golpe a golpe. Los cuatro setentones que es tener la vida a cuestas. El cabello blanco. Las arrugas. El cuello que vibra sin poder ocultar la flacidez.

Ahí estaban. La voz de nuestra juventud seguía en el escenario. Tan fresca como las palabras que venían a borbotones a la boca, sin pasar por la memoria. Tan recitadas tenemos las canciones de Joan Manuel Serrat, de Víctor Manuel, de Ana Belén, de Miguel Ríos.

Ahí estaban. Sin camuflaje, sin maquillaje, sin retoque. Los que son. Los que fueron.

Y su palabra seguía siendo subversiva. Canto contestatario contra lo establecido, contra los tiranos, hoy también contra el muro. Y, de pasada, contra la jerarquía eclesiástica tan cercana al poder.

No desperdiciaron un instante de su tiempo en el escenario. Unas canciones más recitadas que cantadas. Un tono abajo, siempre un tono abajo que el suyo. Con el valor de decir: Aquí estoy. Y ésta puede ser una gran noche.

Su voz, su presencia, su canto, como siempre una esperanza bienhechora que todo lo cubre.

Ahí estaban. Ahí estábamos. Los de entonces. Los de ahora. Punto.

En contraste inmenso, la noche de la entrega de los Premios Oscar, transmisión directa para 200 millones de personas, desfile de lujo prestado, fiesta de vanidades superpuestas, buscando siempre lo que es “políticamente correcto”.

Y los nuestros. Solamente dos. Los nuestros que no eran sino dos voces, el ridículo. De pena ajena. El discurso de Gael García Bernal parecía de risa. Como pronunciado por Luis Videgaray o, todavía mejor, el de Peña Nieto en San Luis Potosí insistiendo en el gran socio comercial que es Estados Unidos…

El actor, creo que eso es, se disfrazó con unos lentes enormes. Como de broma. Y dijo que, como “trabajador migrante” está en contra del Muro. Uuuuuhhhhh dirían algunos. Como Videgaray.

Nada memorable. No obstante, los desbordamientos en la prensa al día siguiente.

Llegó el turno a Salma Hayek. Nueva operación de tetas. Novísima. Casi se sentía el silicón. La cara de color naranja brillante y el cuerpo de otro color. Parecía que la cabeza no pertenecía al resto del cuerpo. Cintura apretada. Más Botox todavía en la cara. Cabello más oscuro… y el ridículo del acento.

Inconcebible que lleve tantos años en Estados Unidos y hable como si se hubiese tragado una pelota de golf. Lo único claro era el miedo. La necesidad de ser “reconocida”. No decir nada incorrecto.

En realidad, no dijo nada de nada. A sus cincuenta años su pelea existencial no se relaciona con la construcción de un muro, o las deportaciones masivas, ni siquiera con el sentido del humor lapidario del presentador, o la defensa de Merryl Streep que hiciera, éste sí en perfecto inglés, Javier Bardem, el gran actor español. No, su gran pleito de la vida ya lo perdió Salma, porque es con la edad. Esa canija que todo lo lleva hacía abajo por costosas que sean las cirugías intentando detener su infinito deterioro. Todo por servir se acaba. Y antes de acabarse se deteriora.

No, la señora que creció en Coatzacoalcos y comenzó en Televisa bajo la protección de Emilio Azcárraga, apareció en escena grotesca y pequeñita, además de muda.

La oportunidad era tan importante que el diario New York Times compró espacio en los “anuncios” para difundir su “búsqueda de la verdad”.

Mucho mejor que la veracruzana, Warren Beatty, discurso político fuerte, a favor de la libertad, de la búsqueda de la verdad, que se perdió en la parafernalia del equívoco de la película ganadora.

Definitivo: La política iniciada por Luis Videgaray tiene adeptos.

Habría que repasar qué sucedió en Europa en el inicio del fascismo, cuando para muchos Hitler era una caricatura.

Los cuatro cantadores, si es que se puede llamarlos así, en infinito contraste siguen peleando contra Molinos de Viento, verso a verso, copa a copa, en aquel rincón… Para la libertad, para la libertad, para la libertad.

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