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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • Escarnio de los desaparecidos
  • Los convierten en “sospechosos” para no investigar

Dos ministerios públicos y un policía federal “desaparecieron”, lo que, en este país de violencia e impunidad, equivale a fueron asesinados.

La autoridad correspondiente, en este caso sus jefes, ignoraron el hecho hasta que los familiares llegaron, mes y medio después, a los medios de comunicación.

A partir de ahí, el juego perverso ha sido convertirlos en “sospechosos” de cualquier clase de actividades ilegales.

De esta manera, deben suponer, su “desaparición” se convertirá en parte de la estadística de lo que, convenientemente, han dado en llamar guerra de cárteles de la droga.

Con esto se demuestra que nos hemos convertido en una sociedad que no respeta el principio constitucional de inocencia.

Miguel Rodríguez Cuéllar y Víctor Vilchis Retana son dos abogados, jóvenes, adscritos a la Seido. Es decir, a la subprocuraduría que investiga al crimen organizado, justamente. Marco A. Álvarez Gómez es un policía federal que trabajaba en la División de Inteligencia.

¿Por qué, entonces, no partir de los intereses criminales que tienen, forzosamente, que haber tocado en su trabajo? Esto sería lo más lógico y elemental para iniciar su búsqueda.

Al contrario, la respuesta oficial se ha encaminado a desprestigiarlos, a jugar al “sospechosísmo”, publicando que utilizaron un taxi para ir de una oficina a otra… Perdón, de parte de quién, a partir de cuándo tomar un taxi equivale a realizar actividades criminales…

Después, dice la tardía respuesta oficial, se fueron en el automóvil Optra, modesto vehículo agregaría, que era propiedad o, no se sabe, estaba “comisionado” al policía federal.

Sus familias no volvieron a saber de ellos. El automóvil apareció quemado, más bien carbonizado, en la zona de Tres Marías, ya en Morelos.

Hasta ahí.

Los señores no vendían discos “piratas”. Ni promocionaban anticonceptivos. Por lo que, obligadamente, todo apunta a su trabajo, de autoridad, de policía, de persecutores de criminales. No hay un solo elemento que permita, siquiera, pensar que estaban coludidos con delincuentes o que eran parte de una organización criminal.

Hace casi diez años, en la caseta de pago de Chalco a la Ciudad de México, muy temprano, mataron a Felipe Pérez Carmona, que por los siete años anteriores había sido comisionado, de la policía federal, como jefe de la escolta que tuve en ese tiempo. Un mes antes de su asesinato, le hice llegar a Genaro García Luna, entonces Secretario de Seguridad Pública, una carta expresando mis temores por su seguridad.

Lo habían retirado de mi escolta, al enterarse de la información que tenía sobre la corrupción interna en el área, justamente, de escoltas de esa Secretaría. Una semana antes de su asesinato, le habían quitado su arma de encargo y enviado a cuidar vehículos inservibles. Dos días antes de su muerte, me llamó para traerme toda la información, pruebas, que había recolectado. Nos íbamos a ver el día que lo mataron.

Frente al Ministerio Público de esa localidad, que me recibió gracias a la petición de Humberto Benítez, entonces secretario de Gobierno, lo difícil, en verdad difícil, fue que hubiera una investigación en forma. Un policía asesinado, todas las autoridades lo manejan así, equivale a un delincuente asesinado.

Es decir, a víctimas que no le interesan a la autoridad.

Tuve que estar presente, encima, siguiendo cada paso de la investigación como “coadyuvante” del Ministerio Público, para que encontrásemos a su asesino material… un policía perteneciente a la Ciudad de México, que admitió, textual, haberlo asesinado como si hablase de algo sin importancia. No hubo forma de llegar a los asesinos intelectuales, que presumimos también policías.

Esto mismo, confrontar la desidia de la autoridad frente a la muerte y/o desaparición de autoridades, de ministerios públicos, de un policía, es lo que están viviendo las familias de las víctimas.

Sin la suerte, infinita, de contar con la participación de Humberto Benítez Treviño, que además había sido procurador de justicia, tanto federal como local, y conocía perfectamente los caminos torcidos de la institución.

¿Tranquiliza saber quién mató a tus seres cercanos, a tus colaboradores, a tus familiares? Definitivo. La indolencia, pachorra si hablamos en buen español, de las autoridades para investigar qué sucedió, quiénes fueron sus verdugos y por qué motivo, romper la impunidad pues, permite que duermas con mayor paz.

Tal vez a las familias de los, oficialmente, desaparecidos ayude la presión de los medios. O de algunos medios, como el diario La Razón, que siguen la información con apego a la verdad. Ojalá…

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