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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • El general que cargó la guerra
  • Antonio Riviello Bazán, ejemplo de hombría y lealtad institucional

Mi general Antonio Riviello murió, en paz, de noche, en el hospital militar. Con la inmensa discreción que lo caracterizó en vida.

Con prisa, con poca gente, deslucido para lo que significó en la historia militar contemporánea, al día siguiente, 21 de marzo, llevaron su cuerpo al H. Colegio Militar para rendirle honores.

Una nota perdida en las páginas interiores de los diarios del día siguiente.

Antonio Riviello fue el general de la historia moderna, finales del siglo pasado, que tuvo que enfrentar una guerra. Es decir, que responder a la declaración formal de guerra que un autodenominado “ejército” le hizo.

Curiosamente, mi general al principio de su mandato como titular de la Secretaría de la Defensa Nacional, había hecho gran hincapié en “preparar” a los soldados en labores, precisamente, del uniforme. En que supieran como disparar ya que, solía decir, no les había tocado jalar el gatillo ni siquiera en ejercicios.

Vaya que los preparó bien. A la llegada del “Subcomandante” Marcos a nuestra historia, las primeras horas de 1994, movilizó en cuestión de horas a más de 200 mil hombres. Que no es fácil. A todos los jefes militares que conocían la zona de Chiapas, a los que merecían, además, toda su confianza.

Había una guerra. Con cadáveres que no debían aparecer en las fotografías por orden superior, orden política, orden civil. Una guerra en la que le disparaban a sus cuarteles. Especialmente a su cuartel favorito en ese entonces: el de San Cristóbal de las Casas, que no tenía rejas ni estaba delimitado más que por la naturaleza. Un cuartel moderno, ecológico, para un tiempo de paz.

Los soldados, muchos, muchos más de lo que permitió el poder civil que se supiera, murieron. Se libraron batallas importantes, como la de Ocosingo, con saldo de muchos muertos, no me dejará mentir mi querida Martha Anaya. Era una guerra. Fue una guerra que mi general Riviello se echó a cuestas, que cargó en su espalda.

Una guerra anunciada meses antes, cuando mi general Miguel Ángel Godínez Bravo descubrió un refugio de los “subversivos”, donde tenían reproducciones de las principales instalaciones militares, con uniformes, un grupo serio, organizado.

Le tocó la guerra. Y, también, a mi general Antonio Riviello le tocó acatar el “cese al fuego unilateral”. Es decir, la orden superior, del entonces presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari, de terminar con el combate. Legítimo, contra un enemigo declarado como tal, que además había secuestrado a un general de división, Absalón Castellanos Domínguez, en su rancho. Un enemigo que quería, así lo dijo en un inicio del conflicto armado, derrocar al Gobierno de la República.

Y mi general Riviello lo aceptó. Posición que algunos jefes militares lloraron con gran amargura porque la guerra ya estaba ganada, ya era cuestión de unas horas, tal vez unos días de otras batallas, de más muertos.

Una guerra cuya paz no ha sido firmada. Una guerra que sigue impidiendo el libre paso a territorios que ellos, los del EZLN, consideran suyos, donde las leyes de nuestra Constitución no están vigentes.

No hubo un discurso oficial. Ni siquiera dio una conferencia de prensa. No mandó a sus generales a quejarse. Supo el valor del silencio institucional. Supo el valor de acatar órdenes en las que sus subordinados no creían. Y logró, porque vaya que tuvo ascendente hacía dentro del Ejército, que todos, los mismos jefes militares que habían participado en la guerra, que habían sido humillados por el “subcomandante”, se disciplinaran.

Gran mérito que la historia tendrá que reconocerle.

Mi general Riviello fue un hombre muy comprometido con los soldados. Es decir, con la parte más baja de la cadena de mando, los que menos ganan y más trabajan. Hizo mucha obra social. Consiguió un seguro de vida por riesgo para los militares, construyó muchas casas en zonas habitacionales para los soldados, prohibió que los jefes militares se mandasen hacer uniformes…

Y en lo civil nunca, absolutamente nunca, tuvo participación política. Sus discursos fueron muy pocos, militares todos. Y sus confrontaciones dentro del Gabinete, fueron manejadas con total discreción.

En estos tiempos de dimes y diretes, de tantas manifestaciones inusuales alrededor de las Fuerzas Armadas, de la forma en que son noticia política los militares, es importante reconocer los valores de mi general Riviello en un tiempo de gran conflicto y muy grande peligro para la Nación…
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