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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • Las cárceles mexicanas, un mismo producto de la desidia oficial
  • Fugas, muertes, túneles, no hay forma de describir el horror

Más de 250 mil mexicanos viven revolcados en el hacinamiento, la prostitución obligada, el consumo de drogas, y la más extrema vulnerabilidad en un cosmos apocalíptico cobijado por los gobernantes en turno, que apuestan a la derrama política de su negligencia. Mejor llevar la fiesta-cárcel en paz.

Si quisiéramos decirlo de una manera coloquial, parece que “se les olvidaron las cárceles”. Como los internos no votan…

Charcos de lodo, colchonetas agujereadas, fondos de botella usados como plato, garras de vestimenta son el doble castigo de los internos que esperan una sentencia. Da igual que hayan violado a sus hijas, asesinado a 20 personas o robado un celular, la consigna para 112 mil 141 reos procesados es esperar. Conforman más del 40 por ciento del total de la población penitenciaria. Su calvario no puede describirse con exactitud. Y eso, no obstante, los cambios del sistema penal.

Destruido el principio constitucional de presunción de inocencia, los dueños de este circo podrido, reos que no tienen qué perder, que ya fueron sentenciados, ejercen el poder desde el mal llamado “autogobierno”, en instalaciones totalmente inoperantes. Ellos cobran a los menesterosos hasta por usar un excusado. Y a los demás por todos los lujos ilegales. Sus ganancias salpican los escritorios pertinentes.

Las autoridades, como las de Zacatecas o las de Tamaulipas, estos días, dicen con total resignación que el “autogobierno” viene de muchos años.

Así, corrupción de autoridades en contubernio con los reos, y apatía oficial propician el caos. Un caos que en estos parece dispuesto a preocuparnos a más de uno. Las cárceles, después de todo, parecen estar en las mismas manos ineficientes que “controlan” la seguridad en provincia: Los gobernadores.

Porque la mayoría de los problemas que hemos visto, no olvidar, estos días, se han dado en cárceles estatales, que están sobrepobladas, que han sido descalificadas por todas las organizaciones de Derechos Humanos.

El Gobierno de Felipe Calderón impulsó un sistema penitenciario que buscaba desterrar estos vicios, al menos en las prisiones federales. Fue un intento estructurado y dotado con mucho presupuesto. Se construyeron nuevas cárceles, se supo por primera vez con exactitud cuántos presos existían en el país, se sometió a miles de criminales, se fomentaron acciones para liberar a presuntos inocentes.

En muchos ámbitos surgió el culto a los penales federales de “Alta Seguridad”, fortalezas anticorrupción que contrastaban con las obsoletas cárceles estatales, donde a los reos se les permite salir cada noche para matar a sus rivales o ver a sus novias.

Y es que en las cárceles federales hay control y orden. Pero, también es cierto, que la manutención de los presos cuesta hasta cinco veces lo que en una cárcel local. Que son instalaciones nuevas, construidas para ser, precisamente, cárceles.

Con buenas instalaciones, con buena organización, al cambio de Gobierno se permitió que todo se hiciera pedazos… hasta llegar a la podredumbre detrás de la fuga del “Chapo”. Poco a poco Renato Sales ha logrado reinstalar el orden en estos penales.

Y todos los gobernadores quieren que se lleve ahí a sus presos. De la misma manera que piden que lleguen los militares a poner orden.

Las cárceles son territorios donde el poder punitivo tiene todo a su favor, donde la ley puede imponerse a priori. La pachorra del Estado-Gobierno y su complicidad con la corrupción han permitido que se conviertan en submundos pútridos.

No importa cuánto se escriba al respecto, cuántos videos se exhiban con los excesos incalificables de los internos contra otros internos, tampoco interesa la reiteración de cifras de catástrofe… Nada, muy poco ha cambiado en las cárceles del país porque no hay voluntad política para ello.

Voluntad política que tiene que venir de arriba. Junto con dinero. Construir una cárcel cuesta mucho dinero. Y casi en todas las entidades del país debe hacerse. Los gobernadores no quieren invertir un centavo de sus economías en las cárceles, ni siquiera en los sistemas de seguridad. Faltan custodios, falta preparar a los pocos custodios que hay, falta pagarles bien a los profesionales del sistema carcelario nacional.

Pero, sobre todo, esto es bien importante, falta la voluntad política.

Mientras no la encontremos, todos, Gobierno y sociedad, seguiremos sabiendo de horrores, muertes y demás en las cárceles…

(versiones de este análisis, en los mismos términos, han sido publicados en 2015 y 2016)

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