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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • En el papel, defensa de las Fuerzas Armadas
  • En los hechos, omisiones de autoridades civiles

¡Qué vestidora ha resultado la defensa, a ultranza, de las Fuerzas Armadas!

Estar en el lado “políticamente correcto” se convirtió en el pasatiempo favorito, la semana pasada, de líderes de opinión y funcionarios públicos, legisladores, gobernadores, aspirantes presidenciales.

Los mismos que han sido omisos en la formación, indispensable, de policías profesionales. Los mismos que recortaron el presupuesto para la Seguridad. Los mismos que cambian titulares de policías como si eso bastase para tapar los hoyos de la violencia.

Los mismos que miran al país paralizado por los bloqueos, los asesinatos y, ahora, hasta el robo de combustible.

¿Qué se gana “defendiendo” a los soldados? Aparte de ocultar el miedo. Pánico, terror a todo. A qué, como comenzaron a “filtrar” los jefes militares, el país se quede sin ellos en el combate criminal. ¡Cuánto desgaste de la relación entre sociedad y Fuerzas Armadas! ¡Cuánto manoseo interesado!

La utilización de esta defensa como argumento político contra Andrés Manuel López Obrador, además, polariza a una sociedad que está profundamente confrontada, enojada, decepcionada de sus gobernantes.

Lo cierto es que tenemos, frente a nuestros ojos, un video donde un soldado dispara, a sangre fría, sin titubeos, sin que ninguno de sus compañeros pretenda evitarlo, a un civil que está acostado en el suelo. O sea, que no significa ningún peligro.

Lo incuestionable es que leyes internacionales prohíben a cualquier Ejército, de cualquier nacionalidad, disparar contra civiles. Tienen que existir protocolos formales internacionales, con apego a los tratados firmados, que incluyen una declaración de guerra local. Los ejércitos no disparan contra la población civil. Punto.

Lo que no podemos obviar, en ningún análisis, es que nuestro Ejército ha recibido la orden de su jefe civil, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, de participar en el combate a criminales. Y que lo hacen, obedeciendo estas órdenes, de la única manera que saben hacerlo: Exterminando enemigos.

Por lo que la discusión tendría que ser, a fuerza, por qué mandamos a los soldados a esta “misión”…

La CNDH ha documentado, este sexenio, 77 quejas contra las Fuerzas Armadas, militares y marinos, por “ejecuciones”. Los jueces dejaron en libertad, tal vez por un expediente armado a modo, a los militares que participaron en los famosos eventos de Tlatlaya.

Impunidad. Impunidad. Impunidad.

Hacia dentro de las Fuerzas Armadas crece el enojo. Los mandan a una guerra. Les dicen que tienen que ganarla. Les disparan sus enemigos. Y luego no entienden por qué deben presentarse ante las autoridades civiles e, incluso, ir a la cárcel.

En verdad, los militares no entienden qué está pasando. Y sus declaraciones, basta revisar cuántas veces ha hablado el general Cienfuegos este año, comparar con sus antecesores, parecen asumir que romper el silencio es suficiente. No es así.

Lo que tenemos, al contrario, es un exceso de ruido. De defensas interesadas que obligan a la toma de posiciones. Lo que tenemos es una realidad mostrada en un video que ninguno puede negar. Lo que tenemos es un impulso a una discusión siempre interesada con partes en los extremos.

Pierde la institución militar. Pierde en su prestigio, pierde en su propia “institucionalidad”. Pierde en la confianza de la sociedad.

Y las autoridades civiles siguen omisas. Siguen sin interesarse en la seguridad nacional, en la paz social, en el combate a la violencia, en una confrontación eficiente y verdadera contra los criminales. Siguen sin hacer su chamba.

Y, dicen en mi pueblo, así terminarán el sexenio.

Lo que no sabemos, lo que no alcanzamos a medir es la transformación interna de las Fuerzas Armadas, y la inmensa metamorfosis de la relación entre militares y la sociedad civil en qué va a devenir.

Son muchos los monstruos que vendrán a visitarnos
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