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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

Eran los días sin celular

Cuando te localizaban en el restaurante donde comías.  Yo lo hacía, diario, en el Champs Elysees.

Ese 30 de mayo de 1984 con Félix Fuentes.

A él le hablaron. A las cinco de la tarde. Todavía lo alcanzó tirado en el estacionamiento de su oficina.

A partir de ese día cambió la forma en que los periodistas entendimos la muerte.

Primero fue el asombro compartido. Manuel no era el periodista más querido, pero sí uno muy respetado, una institución por sus investigaciones, por la manera en que se mantenía aparte del poder político y cerca, esa fue su perdición, del poder policiaco desde que cubrió la fuente para La Prensa.

A Manuel, nos dijimos, lo mató alguien que conocía porque no sacó su arma, porque lo dejó acercarse.

De muchas formas, por su trayectoria, por su manera de ser, porque siempre estaba armado y en actitud prevenida, era quien menos podíamos imaginar que comenzaría la larga lista de periodistas asesinados.

En esa cadena de miedo compartido todos nos hablamos, nos juntamos, nos abrazamos, nos dolimos. Frente a Excélsior jugaban dominó un grupo de periodistas, entre ellos Carlos Ferreyra y Juan Ibarrola que al recibir la llamada del secretario de Buendía le avisó al entonces titular de la Sedena. Ferreyra fue uno de los primeros en llegar a la oficina de su amigo, y vio cómo se llevaban sus archivos.

Los policías de la Federal de Seguridad, encabezada por José Antonio Zorrilla, se llevaron sus archivos sin saber que Buendía solo guardaba en ellos lo que ya había publicado. Lo demás, lo que preparaba, estaba en tarjetas…

Yolanda Pego se fue a su casa, a buscar a la viuda que además del inmenso dolor no tenía dinero para pagar el entierro.

Y todos nos encaminamos a Gayosso a esperar.

Primero llegó José Antonio Zorrilla. Rodeado de hombres armados, para mi enfurecimiento. Cuando iba a reclamar Yolanda me dijo que iba a pagar todos los gastos, que la viuda no tenía ni un peso en su bolsa. Luego todos los del gremio, los que entonces no eran famosos, ni intelectuales, ni inaccesibles.

Y lloramos. Y nos abrazamos. Y no entendíamos qué pasaba.

Recuerdo que casi amaneciendo me fui a bañar a la casa, a quitarme los lentes de contacto. Como a las diez de la mañana llegó Miguel de la Madrid, igual de compungido. Para él, para su gobierno, era muy importante, algo terrible que hubiesen asesinado a un reportero, a un columnista de primera página, crítico.

Manuel, lo sabía porque me había preguntado como solía hacer, estaba escribiendo sobre el narcotráfico, era el inicio de los grupos criminales, hace treinta y tres años. El preguntaba, a todos a quienes les tenía confianza.

Hay que recordar el asombro. Junto con el dolor. Entonces porque era la primera vez, porque nos volvía vulnerables a todos.

Después que salió el presidente De la Madrid, regresó rodeado de sus hombres armados José Antonio Zorrilla. Yo lo había presentado con Buendía por petición del periodista. Eran los tiempos en que la Federal de Seguridad era una buena fuente de información.

Y entonces fue que le grité. Le grité mucho por la ostentación, para mí agraviante, de las armas de sus acompañantes. Le dije que se fuera a buscar al asesino fuera, no donde estábamos nosotros.

Por eso tuvo que declarar varias veces en la indagatoria de su asesinato.

Años después, cuando se revisaron 276 hipótesis de las causas de su asesinato, incluyendo la de su homosexualismo que, también negué ante la autoridad ministerial, se encontró que José Antonio Zorrilla, el primero en llegar a la escena del crimen, su amigo, el que habló a varios periodistas para avisar de su muerte, era el autor intelectual.

¿Por qué? Supuestamente porque iba a llegar hasta su complicidad con un cártel de la droga, que le había regalado una casa en Acapulco llamada “María Bonita”.

Luego vino la recompensa, mucho dinero, que no aceptamos los dos periodistas que más contribuimos a encontrar el culpable, y que le llegó al cincuenta por ciento a su viuda.

Luego vino el duelo.
@isabelarvide

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