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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Recordemos el asesinato de Manuel Buendía II
  • Tardaron cinco años en encontrar al culpable

Hace más de treinta años el periodismo político, reportear, se hacía de manera muy distinta. Uno preguntaba y preguntaba y compartía información que parecía más accesible que hoy. Uno tenía fuentes confiables. Uno tenía informantes. No había internet.

Sergio von Nowaffen era un reportero de Ovaciones con contactos en la fuente policiaca. Casi al mismo tiempo salimos, él y yo, publicando que el principal sospechoso del asesinato de Manuel Buendía era José Antonio Zorrilla Pérez, entonces poderoso director de la Federal de Seguridad.

No solamente había llegado a la escena del crimen minutos después, como si estuviese en la esquina. Apenas le llamó Luis Soto. Sino que se llevó hasta las balas que habían disparado.

Quienes conocíamos a Manuel Buendía sabíamos que era un hombre muy desconfiado, que se aseguraba muchas veces de saber quién se le acercaba. Y había dejado que su asesino llegase a su lado, entonces era obvio que tenía una relación frecuente con él.

Con la misma frecuencia con la que José Antonio Zorrilla le enviaba, así nos comunicábamos entonces, tarjetas.

A Zorrilla lo conoció Buendía en un desayuno que me pidió que organizara. Tenía interés porque había establecido una relación muy cercana con su antecesor, Miguel Nazar Haro, gracias a la cual les salvó la vida a varios argentinos perseguidos por la Triple AAA. Para Buendía, además, era una buena fuente de información.

Yo conocía a Zorrilla desde que era ayudante del profesor Enrique Olivares Santana.

No era mi amigo personal, sí alguien que contestaba el teléfono. Como sucedía con muchos periodistas.

Zorrilla, ya lo escribí, pagó el velorio de Buendía. También se llevó sus archivos de la oficina, sin saber que ahí no estaba el tema que el columnista preparaba. Que, incuestionablemente, lo llevaría a establecer la complicidad de Zorrilla con el Cártel de Juárez, incluyendo la casa en Acapulco que le habían regalado y las credenciales de la Federal de Seguridad. Tema que, ingenuamente, como acostumbraba, seguramente le había tratado.

Yo lo encaré en Gayosso por entrar con hombres armados, casi a gritos y por eso tuve que declarar varias veces.

También me preguntaron si Buendía era homosexual y tenía problemas con un joven amante. O por mi amiga Susana Fisher, su pareja emocional en ese momento. Igual por Esmeralda
los procuradores, Victoria Adato de Ibarra y Renato Sales Gasque, preguntaban cosas personales, buscando una hipótesis de su asesinato en su vida privada. Tardaron años en pedirle a José Antonio Zorrilla las balas que había recogido, cuando contaminó la escena del crimen.

Después de años, de dos procuradores, se nombró Fiscal Especial a un hombre interesado en la verdad: Miguel Ángel García Domínguez. Con él, a una vieja casa de la colonia Roma, volvimos a declarar por horas. Fuimos 426 personas, alrededor de 276 hipótesis que incluyó la de un contrabandista de armas, alemán, Gerhard Georg Mertins.

La verdad, o por lo menos la justificada sospecha, estuvo publicada desde los primeros días después del asesinato. Todos queríamos que el culpable fuese castigado.

Cinco años después, el 13 de junio de 1989, Ignacio Morales Lechuga junto con Federico Ponce Rojas detuvieron a Zorrilla en su casa de las Lomas. Lo llevaron personalmente a su oficina y pidieron comida china antes de comenzar los interrogatorios.

Cuando Zorrilla fue puesto en libertad, o en prisión domiciliaria, nunca ha quedado claro, en 2009, Miguel Ángel Granados Chapa publicó un escrito que comenzaba diciendo: “Tengo miedo. Un asesino anda suelto”.

La verdad es que entonces yo no tenía miedo. El mensaje del gobierno había sido muy claro, cuando cambiaron los protagonistas sexenales, cuando hubo interés, encontraron al responsable y lo pusieron en la cárcel.

Lo que sucede en 2017, treinta y tres años después, sí que produce miedo. Ahora sí, yo tengo miedo. Porque muchos asesinos andan sueltos. Porque no hay una respuesta de suficiente interés por parte del gobierno para detenerlos, para investigar, para ponerlos en la cárcel. Llevamos, en 2017 tan solo, seis periodistas asesinados por lo que escribían. Y no tenemos asesinos detenidos, no tenemos siquiera una investigación. Menos un Fiscal Especial confiable.

Tal vez haya que voltear la mirada a lo que escribimos, principalmente von Nowaffen, el mismo Mario Mungía, “Matarili”, y yo. Siempre señalamos al asesino
la diferencia es el miedo, la diferencia es cuánto pesan los muertos, la diferencia es la infinita soledad de este “infierno” de país

@isabelarvide

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