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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • ¿Para qué espiar?
  • ¿Quién puede considerar enemigos del estado a periodistas?

Tal parece que la discusión, la oficial, ha quedado centrada en la ausencia de pruebas. Cuando el daño a la imagen del Gobierno, hacía dentro del país y también de cara a otras naciones, es inmenso.

Cualquiera que lea, completo, el artículo del New York Times puede quedarse, fácilmente, con la certidumbre de que el Gobierno de México “espía” a líderes de opinión, directivos de organizaciones civiles, conductores de televisión, y responsables de organizaciones defensoras de los derechos humanos.

¿Para qué? ¿Qué sentido tendría esto?

¿Quién puede catalogar a un universo de personas tan distintas, con profesiones tan diversas, con ideologías sin coincidencia, en un mismo rubro?

Lo cierto, incuestionable, es que una institución respetable del extranjero certificó que un programa de espionaje, que solamente se vende a gobiernos, había sido inoculado en los celulares de estas personas.

¿Quiénes habrían hecho esto, para qué podrían estar tomando nota de lo hablan día y noche?

Suena a fascismo.

Suena a que alguien, dentro del Gobierno, puede pensar que hay que tener “vigilados” a presuntos enemigos del Estado.

La Secretaría de la Defensa Nacional, y doce entidades federativas, también compraron este “software” espía. ¿Hacía quién volteamos a ver?

Lo cierto, incuestionable, es que el reportaje ha venido a alimentar la paranoia estructural de muchos grupos sociales, de periodistas, de defensores de derechos humanos. Lo que no podría ser más negativo para el Gobierno de la República, para las mismas instituciones. En tiempos que existen amenazas reales en su contra, que ha habido muchos crímenes todavía impunes.

El espionaje, a priori, como tal tipifica un delito. ¿Hay forma de comprobarlo? ¿Se puede confiar, plenamente, en una investigación al propio Estado Mexicano, a alguna de sus instituciones, hecha por un integrante de esta estructura de poder, como resulta ser el procurador general de la República?

Esta publicación ha aumentado exponencialmente la desconfianza de grandes sectores sociales.

¿Es suficiente la “aclaración”, respuesta directa al New York Times por parte de un director, sin siquiera utilizar papel membretado?

Que oportuno sería encontrar a un responsable, uno de los doce gobernadores que tienen este software por ejemplo.

¿Podemos imaginar que esta manera de adentrarse a la intimidad más íntima de una persona, a través de su celular o de su computadora, fue utilizada para seguir a Javier Duarte, a Roberto Borge? ¿Entonces, preguntaríamos, con esta eficiencia, por qué no fueron detenidos antes? ¿O mejor pensamos que se utiliza en periodistas, en políticos, en el mismo Andrés Manuel o su familia, para citar algunas posibilidades?

¿Por qué se le autorizó, como se encargaron de informar ahora, a 12 gobernadores comprar este software de espionaje, bajo qué rubro presupuestal?

Y luego vienen los costos. Porque “infiltrar” el celular de un periodista cuesta, según nos dijeron, 77 mil dólares. Sin contar la estructura detrás, quienes deben seguir esta información y catalogarla, darla a conocer a un superior y así.

¿Pagamos a funcionarios públicos para espiar?

Y surge, también la pregunta de si el Presidente Peña Nieto estaría enterado, de existir, obvio el supuesto espionaje del que todos hablan.

Porque podría ser, mera especulación, que en alguna institución se les ocurriese que debían espiar a todos estos personajes para “defender a la patria”, y que no comunicasen, ni pidiesen autorización presidencial para hacerlo. Se dan casos, históricamente.

¿Qué hacemos, como sociedad, con todas estas interrogantes? ¿Asumimos que somos víctimas, posibles víctimas de espionaje, todos? ¿Escupimos contra el Gobierno? ¿Vamos a denunciar a la PGR? ¿Ignoramos la publicación del New York Times?

Lo cierto, saben, sabemos los periodistas que llevamos mucho tiempo en el oficio, que investigar tu vida privada, tus cuentas bancarias, tus llamadas telefónicas no conduce a mucho. No ha hecho que dejen, dejemos, de escribir lo que creen que deben de escribir estos mismos periodistas.

Hay que tener miedo de mucho en este oficio. De las amenazas de criminales, por ejemplo. Sin embargo, tener miedo de ser “espiados” por el gobierno parecería un absurdo.

Lo que haría bien el gobierno, el presidente Peña Nieto, es averiguar que hacen tanto la Sedena como los 12 gobiernos estatales que compraron el Software espía con éste, para qué lo utilizan… no vaya a ser que también su familia o sus cuates sean los espiados…
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