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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • La violencia indigena desatada
  • La omision federal, los inmenso esfuerzos del gobernador Velasco, el conflicto magisterial, los zapatistas…

Los indígenas mexicanos no son personajes de cuento que deban, a priori, despertar solidaridad. Forjados en una cultura ancestral que han enriquecido con usos y costumbres más que peculiares, en Chiapas por lo menos, son capaces de la mayor discriminación contra la mujer, son violentos, son propensos al alcoholismo, son dependientes del presupuesto oficial, son explotadores del trabajo colectivo y, sobre todo, son ajenos a las libertades individuales.

A diferencia de lo que fomenta nuestra cultura occidental, en las comunidades chiapanecas unos pocos deciden lo que deben vestir, sembrar, comer, hacer el resto de la sociedad. Deciden, incluso, la religión que deben profesar.  Y quienes no están de acuerdo con esta voluntad arbitraria, son expulsados.

En Chiapas hay centros poblacionales que se han formado con los “expulsados” de una comunidad, a escasos kilómetros de ésta.

La influencia de la religión católica, y por lo tanto de la “Teología de la Liberación”, y también, por lo tanto, de los llamados “Zapatistas”, ha copiado estas costumbres ancestrales pervertidas al paso del tiempo.  Así, son ellos, los jefes que usan paliacate y nombre bíblico, quienes deciden hasta el derecho de una mujer de acudir a un médico. Incluyendo, obvio, el libre paso por sus comunidades.

Los chamulas no tienen nada que ver, ni en compartir el lenguaje con otros grupos indígenas.  Sus costumbres religiosas son muy distintas.  Su manera de gobernarse, también.

Por mucho tiempo se les ha permitido una autonomía en este ámbito.  Se le pone el membrete del partido en el poder a la persona que ya eligieron ellos, y así la elección de presidentes municipales es un mero trámite.

Este apartado, que tiene su dosis de alcoholismo, de presentar su “originalidad” a los turistas para ganar dinero hasta por fotografiarlo, que evita cualquier permeabilidad social, ha sido sostenido por todos los órdenes de Gobierno, estatal y federal, a través de muchos sexenios.

Los chamulas, hay que recordar, no formaron parte de la guerra que declararon los “zapatistas” al Gobierno federal.  No están bajo la influencia de la religión católica, como otros grupos.

Estos indígenas, chamulas, fueron quienes intentaron, la semana pasada, desbloquear la carretera que comunica Tuxtla Gutiérrez con San Cristóbal de las Casas.  Paso obligado para los turistas que visitan su comunidad.  Estos chamulas mostraron un rostro violento.  Y si no hubiese sido por la intervención de la policía estatal, una decisión valiente de Manuel Velasco dados los conflictos vigentes, habría habido muertos.

Los conflictos magisteriales son, también, una realidad repetida a lo largo de muchos años en Chiapas.  La diferencia son los bloqueos.  Que impiden los ingresos de los indígenas, cuyas mujeres e hijas venden sus artesanías en San Cristóbal de las Casas.

Lo que estamos presenciando es el estallido violento de una micro sociedad inserta en una realidad de contrastes económicos, de grandes diferencias entre pobres y ricos.  Usos y costumbres violentos que son detonados por un mensaje de impunidad que viene del centro del país.  Porque es decisión federal no desbloquear las carreteras de Chiapas, porque el tema de la Reforma Educativa es federal.

Chiapas tiene todas las razones económicas, de profunda desigualdad social, para producir violencia. Ha correspondido al gobernador Velasco Coello caminar por andariveles muy tensos.  Alimentar la paz social con infinitos esfuerzos que no se publicitan.  Sin embargo, no importa cuán grandes sean sus esfuerzos, el catalizador de los maestros en paro va a prender muchos incendios en toda la entidad.

Resolver esto es indispensable para evitar la violencia.

Mientras tanto, saldrán grupos, como ya hicieron los “zapatistas”, a querer manipular lo que sucede. No olvidemos que, en Chiapas, los muertos siempre son utilizados políticamente.

Nada va a cambiar si no existe la decisión política, en escritorios federales, de darse un baño de realidad chiapaneca, de adentrarse en los múltiples conflictos que están latentes en las comunidades más desprotegidas del país. No importa cuántos programas sociales haya hecho, y vaya que existen, el gobierno de Manuel Velasco, el problema es mucho más grave que sus paliativos, se llama miseria.

En Chiapas se dio la única guerra moderna contra el Estado Mexicano.  Si no entendemos cómo es, verdaderamente, el entretejido social y el imposible conjunto de idiosincrasias individuales que tienden a dividir, no podremos sino resignarnos a ver el desfile de muertos.  En Chiapas todo es empezar… En Chiapas, todo comienza cuando comienza…