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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • Mi general Godínez Bravo
  • Estos hombres que saben cómo protegernos…

 

A un año de su muerte, una comunidad militar sobrada se reunió en recuerdo del general Miguel Ángel Godínez Bravo.

En el desayuno organizado por su familia, la hermandad. Eso tan difícil de entender por los civiles. Lo que uniforma a un grupo social, aunque estén, ya, despojados de su uniforme. Los militares, los que fueron jefes militares y usan el cinturón dos o tres puntos más ancho. Los militares, los que son importantes jefes militares y usan el cinturón dos o tres puntos más corto. Los que hablan un lenguaje común de tú a tú, de panes y pedazos de queso en la mochila, de horas insomnes, de batallas imaginarias, guardias permanentes y viejas buenototas.

Los que siguen a las vivas, los de enjundia, los que se saben la letra del himno nacional sobre cualquier ataúd, llegaron con retraso… horario del retiro, excepto el representante del general Secretario, el mismo Granados que era ayudante de mi general Arévalo. Iba uniformado, igual que Roberto Miranda jefe del Estado Mayor Presidencial de este tiempo. Los demás llevaban los trajes un poco justos, hasta gastados… excepto, pacto con todos los diablos, mi general García Elizalde.

Se oían las botas que no llevaban. Tan cuadrados todos. Tan generalotes, tan cuarteleros, tantos lentes para ver. Tantas vanidades sepultadas. La edad que nada respeta. Y el recuerdo, vivo, sin envejecer, como su retrato, del apenas ascendido a general Godínez Bravo.

Miguel que nos unía… sinceramente compadrito. El general que encabezó la guerra que todavía arde sobre la piel militar. Mi general de los brazos abiertos, el hombre de las viejas y los caballos y lo demás. El hombre poderoso a quien reverenciaron políticos mientras ayudaba, ayudaba, ayudaba a todo aquel uniformado que se le cruzaba. Como Joaquín Hendricks, que lo conoció cuando estudiaba leyes, hoy a mi lado en esa mesa principal que encabezaba, el pelo prematuramente blanco, su hijo varón.

Mi general Godínez que sigue vivo en las mil vivencias que se repitieron esta mañana. Homenaje que comenzó, obvio, cantando completito el Himno Nacional y el del H. Colegio Militar. Pocos, los dedos de una mano, civiles. Estaban las hijas que siguen de luto, la nieta que habló del abuelo en el micrófono, la nieta que no supo cómo era el hombre duro. El jefe sin miramientos. El hombre que llevó a López Portillo sin un solo retraso, por seis años.

Estaba el mando de la Sedena, mi general Granados que iba, me recordó, por la champaña para la mesa del desayuno, elegante y afable como solamente puede serlo, estarlo quien está en paz, parado sobre su pedazo de suelo sin ladrillo. Y el mando del Estado Mayor Presidencial, el general Miranda que ha logrado el sueño de Godínez: La dignificación institucional de ese cuerpo. Imposible hace años, cuando en la Sedena los llamaban “Ejército Imperial”.

Estaban, imposible ignorarlos, los muertos de estas semanas. La afrenta al uniforme. Estaba, como invitado invisible, ese malestar que los civiles no alcanzan a entender y los militares no saben explicar. Aunque en realidad era una celebración de vida… sinceramente compadrito. Faltaron aquellas sus novias. Todas rubias. Todas exuberantes. Las novias tan parte de su escenografía que una vez el López, cuando me quería, antes de la Sasha, me dijo: Chatita con que te pintes el pelo…

Sigo convencida que los civiles no sabrán cómo se quieren, sin rubor, los militares. Como se respetan, se cobijan, se apapachan entre ellos. Como tienen un lenguaje que les permite atravesar las infranqueables barreras del uniforme. Jefes todos siempre, porque aprendieron a mandar obedeciendo, respetuosos de aquello de que no hay error de orden superior.

Este mundo que Martha Anaya, periodista bienvenida, atisbó en ese improvisado cuartel de Altamirano, con mi general Juan López, en plena guerra, cuando la llevé de las fosas descubiertas hasta el camuflaje de combate. Este mundo tan hermético que tiene banderas en todas las mesas, escudos en todas las guerreras, valor en todas las manos.

La sensación, de privilegio, era también de cobijo. Estos hombres que portan con honor el uniforme como mi general Roble Arturo Granados, recibiendo el parte con novedad de todas las zonas militares cada madrugada, contando los muertos cada noche en su oficina del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional, estos hombres saben cómo protegernos.

Sinceramente compadrito que ganas de abrazarte Miguel Ángel…
En Twitter: @isabelarvide

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