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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • García Paniagua, don Javier
  • Para regresar hay que saber irse…

Las fotografías del homenaje luctuoso de la semana pasada, dieciocho años ya, confunden la memoria. En Guadalajara, su ahijado el “Coco” Velázquez es líder del PRI estatal, frente a una fotografía, los discursos oficiales olvidaron lo fundamental.

Difícil darle dimensión a lo que significó Don Javier en la vorágine de agravios que vivimos, en este caos donde millones de ciudadanos se sienten agraviados por quienes los gobiernan. ¿Importa la lealtad? ¿Hay espacio para aspirar legítimamente al poder?

El presidente Peña Nieto manoseando el discurso de Reyes Heroles afirmó ante los priÍstas: Primero el Programa, luego el hombre. En esos días, hace veinte, treinta años, fue siempre al revés. Esto de la política, de gobernar, era cosa de hombres.

Eso fue Javier García Paniagua, un hombre en quien se podía confiar ciegamente. Un hombre que hizo profesión de lealtad. Un hombre que entendió que nuestro país o era “casa común”, o no era patria.

¿Casa común? preguntaran quienes entienden la realidad en 140 caracteres. Casa común porque tiene que albergar a todos, que proteger a todos, que preservar a todos.

Esa mañana de noviembre, Diana Corona, mi asistente hace casi 30 años, me esperaba en el aeropuerto con un cambio de luto y un boleto a Guadalajara, yo venía volando de Nueva York sin saber de su muerte. Así de obvio era mi cariño por ese hombre. Llorando me cambié, llorando llegué a la funeraria donde la magia de mi amigo había reunido a toda su familia, a las mujeres que habían compartido por etapas su vida.

García Paniagua estaba, tímido, parado en una esquina de Palacio Nacional. Tenía semanas de haber sido nombrado titular de la Secretaría de la Reforma Agraria. En esa desenfadada relación entre políticos y periodistas, hoy anulada, me fui a platicar con él. “Es don Javier” me había dicho un fotógrafo. Y valemadrista le pregunté por qué era importante… Había que agacharse, acercarse para escuchar la voz, muy bajita, ronca con la que hablaba.

Me invitó a desayunar a su oficina. Y nos quisimos para siempre. Profundamente. De verdad. Yo sabía que él estaba ahí y que su respeto, su cariño, me habría de proteger contra todos los males.

Una noche descontrolada, aventurada y aventurera, conseguí que me enviasen a cubrir la guerra primera entre Irak e Irán. Daba brincos de felicidad, no podía imaginar mejor espacio para convertirme en reportera. Ya en casa comencé a aterrarme, y a pensar si en esa guerra de verdad también había balas de verdad. Tenía 29 años.

Mi hijo, mis padres, me comencé a preocupar por ellos. Y casi de madrugada, antes de ir al aeropuerto, me aparecí en su oficina. Ahí dormía. Don Javier no se asombraba de nada, me recibió, me cobijó, me tranquilizó y me prometió que si pasaba algo se haría cargo de mi hijo. Y así, segura, me fui.

Eso hacía don Javier, hacerse cargo de lo pertinente con sus amigos. Sin pasar factura, sin humillaciones, sin esperar algo a cambio. Así fue, conmigo, por muchos años. Protector, paciente, dispuesto. Nunca dejamos de hablarnos de usted.

Siguiéndolo me fui en aquella gira en tren, donde el presidente del PRI se iba a convertir en candidato presidencial. Estuve ahí cuando lo pararon desde Los Pinos.

Hasta el final fue el nombre a elegir, escucharía en aquella Colina del Perro donde se refugió López Portillo. Ganaron los problemas económicos, me dijo el gran elector. Tal vez perdió el país, el futuro.

Estuve, también, aquella mañana en Colima cuando no llegó, Presidente del PRI en rebeldía. Y luego, años después, Guadalajara, aquellos 15 años de la hija en que llegó casi al final de la fiesta, ese salón del hotel Camino Real a reventar con todos los que fueron, siguen siendo, personajes de nuestra historia.

Para regresar hay que saber irse dijo siempre, y regresó, y volvió a regresar, y volvió a ser necesario para el país.

De joven, me contó el general Absalón Castellanos, ayudante, secretario de su padre el general Marcelino García Barragán, Javier se iba a encerrar en su rancho de Colima. Y allá se quedaba meses rumiando su coraje en silencio… hasta que el secretario de la Defensa Nacional mandaba a Absalón a “verlo”… hay que saber irse.

Todas, todos, llorábamos esa noche. En el féretro abierto don Javier seguía comunicando su pasión, su fuerza inmensa, su hombría de bien… Vaya que nos hace falta…

En Twitter: @isabelarvide Blog: EstadoMayor.mx