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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

  • Isabel Arvide
  • El gobernador de la “clandestinidad”… o cómo tomar posesión en lo oscurito para enojar a papi

Desde la tarde del miércoles pasado, día anterior, comenzaron las llamadas, alarmadas, preguntando si Alejandro Murat sería gobernador de Oaxaca sin tomar posesión como tal, sin protestar ante el pleno del Congreso. Los maestros habían tomado control de la capital del Estado, y parecía imposible que el acto protocolaría se diese. Es decir, no había condiciones de normalidad democrática en la entidad.

Obvio decir que Gabino Cué se lavó las manos, que ni siquiera pensó en asistir, que no previó que esto, el control de los maestros, debía hacerse bajo su mando. Total Murat no era su cuate, ni su correligionario, ni alguien con quien guardar la mínima consideración.

La responsabilidad era, asumió, del próximo gobernador. Que se diese un baño de realidad…

Alejandro Murat vivió una situación en Oaxaca, siendo gobernador su padre José, muy diferente. Y debe haber pensado que esto era lo iba a suceder, que como arte de magia, todas las fuerzas políticas de la entidad iban a “arrodillarse” ante su poder. Que no tenía que ganarse nada, acostumbrado a que la vida le regalase desde el automóvil último modelo, los viajes, los departamentos en Nueva York… hasta su amistad con el actual presidente de la República.

Sobrado, pleno de autosuficiencia, no alcanzó a negociar con los maestros disidentes, o en su caso a tomar las instalaciones desde días antes. Tampoco se atrevió a pedir que interviniesen las policías cumpliendo con su obligación postergada. Y por más que movió su “varita mágica” la realidad se negó a plegarse a sus deseos.

Por eso, decidió montar una escenografía menos que modesta, con una manta pintada y un tablón cubierto con fieltro verde, en las instalaciones de la televisora del Estado. Ahí, en lo que llamó Carlos Loret de Mola al día siguiente, en la clandestinidad, tomó posesión como gobernador.

Ignorando que la forma sigue siendo fondo. Despreciando lo que esto iba a costarle en imagen política. Es decir, los maestros se impusieron y lograron destruir un acto republicano que para todos los gobernadores adquiere una relevancia extrema.

Murat dobló las manos para convertirse en gobernador como un mero trámite de quinta. Con esto se despertaron todas las conjeturas, incluyendo la que manejó Joaquín López Doriga de que “quién sabe si fue legal” esta toma de posesión.

Lo peor fue que entrevistado en todas las televisoras, sin ocultar la idéntica capacidad que tiene su padre para, literalmente, encenderse a la menor provocación, enojarse de la nada, Murat declaró que no tiene porque hacer lo “políticamente correcto”.

¿Qué significa esto? ¿Cómo entenderá el junior Murat no ser correcto, no ser político?

Lo que siguió, su manifestación pública de “trabajo”, su aparición en las calles del centro como hacía su papá… aunque llevando cámaras, no ha logrado borrar su primer “acto de gobierno”.

¿Tiene importancia si no eres “políticamente correcto”? Como dice Alejandro Murat, supongo que no.  Sin embargo, lo que definió su actitud, además de una inmadurez congénita, fue que no ha logrado arreglar sus broncas sicológicas con su padre.  Que lo primero que hizo fue “atacar” normas políticas que han sido, que fueron siempre, respetadas por los políticos mexicanos como su padre.

Quedó establecido que quiere ser diferente, que la sombra paterna le pesa como una lápida de varias toneladas. Y que lo aprendido en la escuela de negocios de Estados Unidos, junto a otros juniors de enormes fortunas, es lo que va a prevalecer. Y también, esa formación académica, lo que no le permitirá confrontar los graves problemas políticos vigentes en Oaxaca.

¿Qué se puede esperar de un gobernador que es sometido por los maestros disidentes desde el primer día?

Justo en una entidad, en una ciudad capital que ha sufrido las consecuencias de acciones fuera de la ley que han roto la paz social, que han dañado gravemente la economía familiar de todos los oaxaqueños.

En esa toma de posesión clandestina, sin testigos, sin que la sociedad o los medios de comunicación tuviesen acceso, rodeado de “guarros” que se rascaban la nariz, estuvo presente eso sí, el papá, José Murat. Para que viese, supongo, como se pueden destruir los usos y costumbres del sistema político mexicano. Exacto como hace un niño encaprichado que rompe la bicicleta en lugar de aprender a usarla…

¿Qué pensará su amigo Enrique Peña Nieto?… digo, si es que eso importa…

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