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Sin Gafete

  • Isabel Arvide

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  • López Obrador entendiendo la realidad

Vivir en Palacio Nacional

Justo donde no quieren ni despachar, ni visitarlo siquiera, los gobernantes de la modernidad.

Frente al Zócalo. Frente a la Catedral Metropolitana.

Es decir, en Palacio Nacional que ha significado ancestralmente el poder.  El poder que es tal. El poder que manda. El poder que inspira respeto en automático.

Andrés Manuel López Obrador ha declarado que viviría, como primer mandatario, en Palacio Nacional. Y que haría museo, un centro de esparcimiento a Los
Pinos.

Lo demás que dijo es un refrito de sus promesas de campaña anteriores, lo importante para los civiles es esto. Porque la residencia oficial del primer mandatario está asociada, en el imaginario popular, a corrupción.  A dispendio de recursos públicos, a inaccesibilidad. A mucho dinero de nuestros impuestos.

Cada mandatario ha “remodelado” Los Pinos a su gusto. Ha construido “cabañas” para la madre, los hijos, o los cuates dentro. Ha hecho oficinas para no tener que salir de su casa. Ha puesto seguridad tras seguridad tras más seguridad.

Y ahí han vivido muchas personas que no fueron electas por la ciudadanía, como los hijastros del presidente Peña Nieto o los hijos de Marthita Sahagún.

Tal vez la vida en la residencia oficial del Presidente sea austera, sea tan común como en cualquier casa, pero la percepción popular es otra.

Y es a esa percepción que habla López Obrador.

Hoy, pueden apostarlo, cientos de miles de personas decidieron votar por Andrés Manuel exclusivamente para que Los Pinos deje de ser símbolo, equivocado o no, del excesivo uso del poder presidencial.

A lo que debe agregarse el gasto corriente. Los Pinos, no tenemos la información exacta, debe costar entre diez y veinte millones de pesos al mes. Como las casas de Gobierno en los Estados que cuestan, a nuestros impuestos, entre 500 mil pesos a dos millones de pesos mensuales.

¿Por qué un mandatario, así sea el Presidente de la República, no puede vivir en su propia casa?

López Obrador escucha. Y responde al enojo popular.  Por eso todo indica que va a ser el próximo Presidente de México.

En Estados Unidos alguien tan disparatado como Donald Trump ganó la elección porque escuchó la voz de millones de ciudadanos. Equivocada, racista, negativa, como se quiera calificar, pero voz del descontento ciudadano.  A ese agravio, real o imaginario, que sienten millones de norteamericanos por la presencia de mexicanos y latinoamericanos en su país, es que Trump habló.

Eso es lo que hace López Obrador.

Y en cuanto a los militares, que son electores junto con sus familias, está hablando cuando dice que habrá de desaparecer el Estado Mayor Presidencial. Ese grupo de élite que los militares perciben como privilegiados, con sobresueldos, con prerrogativas, con acceso a los hombres del poder, con viajes internacionales, con ascensos asegurados.

Que no sea así, no importa. Así es como se percibe.

Cuando un político, un candidato, consigue el milagro de hablarle al imaginario colectivo, a la percepción social de una realidad, gana. Así de simple.

A lo que debemos agregar que Los Pinos, convertido en Museo, abierto al público para conciertos y demás, se llamará “Lázaro Cárdenas”.

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