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Sin gafete en la República

  • Isabel Arvide

¿Quiénes cargan a los 28 muertos de Acapulco? 

Miasma de corrupción y desidia generalizadas

Lo de Acapulco es la crónica de una muerte anunciada.  Largamente anunciada en todos los foros, incluso los oficiales.  El desastre, el horror de las cárceles mexicanas ha sido comunicado, magnificado hasta el cansancio.  Lo que no ha conseguido una respuesta de las autoridades.

Y aquí el factor dinero, la falta de presupuesto, está imbricado hasta la médula.

Porque los gobernadores no quieren hacer nada por sus cárceles sin dinero federal, sin un presupuesto destinado para ese rubro donde no hay fotografías ni portadas de revista.  Y porque las autoridades federales no quieren llevarse a los presos federales porque no hay dinero para más cárceles, para mayor número de personal, para tenerlos en sus “impecables” prisiones.

Es decir, no quieren “descomponer” su realidad.

La falta de dinero es el factor más importante para que no se construyan cárceles, para que no se reconstruyan, para que no se instalen sistemas de seguridad, para que no se preparen a custodios, para que no haya una cultura de personal carcelario, para que no se sustituyen a autoridades corruptas.

Las cárceles son lo que le sigue a un cochinero.  Y todos, incluido el mismo presidente Peña Nieto, lo saben.  No se diga Miguel Osorio Chong dedicado a su propia, y fallida, precampaña presidencial.  Lo saben, han sido omisos, han sido cómplices.

En Acapulco el diagnóstico de esa cárcel debió haber alertado a las autoridades.  La presencia de presos federales de alta peligrosidad tuvo que haber obligado a Osorio, al mismo Renato Sales, a llevárselos a otras cárceles.  No fue así.

Ahora tenemos 28 muertos.  Cuyos cadáveres, bañados en sangre, amontonados en un patio según las imágenes, nos demuestran la barbarie que hemos hecho rutina en nuestro país.

Estos muertos nunca debieron ser.  Menos que nunca en una cárcel.  Es decir, en un recinto oficial controlado por la autoridad, donde los delincuentes no tienen oportunidades criminales.  Por el contrario, tal parece que justamente dentro de las prisiones mexicanas es donde mayor impunidad puede haber. A lo que debemos agregar la inmensa complicidad oficial.

Y algo parecido al cinismo de las autoridades locales que declaran, llenándose la boca de sus mentiras, que los muertos fueron producto de una “riña entre bandas” que luchaban por el control de la cárcel.  Qué pena ajena tan grande, qué ridículo inmenso de quienes escribieron ese boletín informativo.

En las cárceles no hay controles de los reos.  No, al menos legalmente.  Menos puede haber “riñas entre bandas”, expresión favorita de todas las autoridades para explicar la violencia que nos infringen.

A esta explicación, tan torpe como ofensiva, hay que agregar la versión “filtrada” de que los muertos fueron producto de un “rito” seudorreligioso también consentido por los custodios, que además de llevarles las armas se encargaron, después de las muertes, de esconderlas.

Lo que hubo en Acapulco fue una masacre.

Un asesinato colectivo consentido.

Un crimen donde las víctimas, como suele suceder, fueron los débiles, los más vulnerables, los que menos tienen.

Un asesinato donde las autoridades carcelarias, desde el secretario de Seguridad Pública de quién dependen, o en su caso el fiscal, hasta el último custodio tienen responsabilidad.

Fue un crimen con todas las complicidades a imaginar.  Sobre todo de los custodios, de los directores y subdirectores, del responsable de las cárceles del estado de Guerrero, de Renato Sales, de Miguel Osorio Chong, que no se llevaron a los presos federales a tiempo.  Y supongo, tarde o temprano, se enterarán que los llevan a cuestas.  Que esos cadáveres ensangrentados les pertenecen…

En Twitter: @isabelarvide  Blog: EstadoMayor.mx