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Sin Gafete / Isabel Arvide

  • Isabel Arvide

  • Misterio uniformado de Iguala
  • O cómo cada día sube el precio de la torpeza oficial

En Alemania recibieron al presidente Peña Nieto con mantas alusivas a la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, Guerrero, en septiembre del 2014.

Por más que pretendan borrarla, esa realidad persigue al Gobierno. Y Enrique Peña Nieto no podrá eliminarla de su historia.

El precio es caro. Y sube con el tiempo. Por más que, oficialmente, intenten borrarla. La confrontación con los expertos internacionales, que se irán del país a fines de abril, persigue este objeto. Se pretende enterrar el tema.

Lo que no conlleva el olvido. Antes, al contrario.

La percepción social al respecto es inmensamente negativa para la administración de Peña Nieto, lo responsabiliza en todo sentido. Y uno tiene que preguntarse, a estas alturas de la historia si es verdad. Si hay un culpable, un único culpable al que hay que quemar perpetuamente en todas las leñas.

Lo cierto es que Peña Nieto tenía, como sigue teniendo, todo el mando. Lo que no significa que pueda estar detrás de este crimen.

El problema, terrible e irresoluble, es cómo desvincularlo ante la opinión pública.

Peña Nieto ni los secuestró ni los asesinó ni los quemó o lo que sea que hayan hecho con los cadáveres. Pero las pancartas de rechazo son contra él.

En un espacio muy incómodo, cuando erróneamente dejaron el crimen (entonces desaparición forzada) de los normalistas en manos locales, la izquierda, los grupos que siempre han estado detrás de los normalistas de Ayotzinapa, tomaron el control de la situación y escribieron este “cuento” totalmente creíble, para millones de mexicanos y otros tantos en el mundo, en que le cargan -literalmente- sus muertes.

A partir de ahí, todo se contabiliza en negativo para el Gobierno de la República, incluyendo la salida de Jesús Murillo Karam.

En el poder los espacios se llenan de inmediato, debieron saber.

Con las posteriores investigaciones todo está, a priori, en contra de la “versión oficial”. Y ahí entra el Ejército, la necedad del general Salvador Cienfuegos, el problema interno para el Gobierno de Peña Nieto que trata con pinzas, como si no fuese su jefe directo, al secretario de la Defensa Nacional.

Los soldados, como las fuerzas federales, estuvieron presentes en Iguala durante todos los eventos de esa noche. Vieron, del verbo ver, lo que sucedía. Atestiguaron, de la acepción legal de ser testigos, como los secuestraban.

Eso es lo inaceptable.

¿Cuál fue el papel del Ejército en la noche de Iguala? Todo indica que no vamos a saberlo nunca. Y que no lo sabremos porque la verdad puede ser igual o, todavía peor, que lo que se dice.

¿Los soldados del 27 Batallón de Infantería, bajo el mando del coronel José Rodríguez Pérez, tenían órdenes superiores de permitir que los corruptos policías municipales secuestraran y asesinaran a los estudiantes de Ayotzinapa? Esto es lo que puede saberse, con total certidumbre si los expertos extranjeros los interrogan. Por más que les digan que no hablen. De ahí la infinita negativa de Cienfuegos, que de ninguna manera lo exculpa. Y mucho menos logra quitarle responsabilidad ante la opinión pública.

Los estudiantes normalistas eran un problema, un punto rojo en el tablero de seguridad, un estorbo, pero de ahí a que la autoridad decidiese matarlos hay un abismo. En cambio, parece que encontraron “licitud” en mirar hacía a otra parte. ¿Esto hace cómplice al Estado mexicano, al Ejército, a los policías federales, a sus jefes?

Eso es lo que construye la verdadera discusión.

Y por eso, porque cada día la presencia de expertos extranjeros discutiendo si hubo o no hubo fuego en un basurero contribuye a incidir en este tema, en esta discusión, es que los quieren fuera. Que pretenden cambiar la política oficial hacia borrar, hacia negar, hacia el olvido. Y esto, definitivo, es imposible.

Se equivocó el Gobierno en la manera en que decidió enfrentar el secuestro y posterior asesinato de estudiantes. Se equivocó en la protección a quienes participaron en esto, protección que venía de mucho tiempo atrás. Se equivocó en todo.

Pero sobre todo, se ha equivocado cada día en proteger a quienes fueron omisos. Porque ante los ojos de millones y millones y millones de personas esto los ha convertido en culpables.

Enrique Peña Nieto no es culpable de la muerte de los estudiantes. Es responsable de un pésimo manejo de una crisis donde todos sus colaboradores hicieron lo que no debían hacer. Y eso es lo que no ha querido enmendar, eso es lo que se ha vuelto cada día con mayor fuerza en su contra.

Era tan sencillo operarlo de otra forma…

En Twitter: isabelarvide@aol.com

Blog: EstadoMayor.mx