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Sin lugar para la nostalgia, las nuevas comunicaciones | Ramiro Pineda

  • Ramiro Pineda

Alexander Graham Bell, a quien se le atribuye la invención del teléfono, expresó alguna vez algo respecto a la sensación que el avance de la tecnología provoca en amplios sectores de la población, dijo: “A veces nos paramos tanto tiempo a contemplar una puerta que se cierra, que no vemos demasiado tarde otra que se abre”.

La comunicación con el mundo implica apertura, por lo que manifestarse ante ella con cerrazón, termina siendo un contrasentido, aunque no se puede negar que es algo que se da en mayor o menor medida cada vez que se presenta un avance que implica un cambio profundo.

En los tiempos en que Alexander Graham Bell inventó el teléfono, no faltaron quienes se opusieron a tal avance, unos se atemorizaban por la inmediatez en la comunicación, otros porque se gestara una sociedad dividida entre los que tuvieran el nuevo artefacto y los que no, además de aquellos que veían el punto con una connotación religiosa.

Por aquellos tiempos, los adelantos tecnológicos se daban a una velocidad mucho menor que la que existe actualmente y no es para menos, en aquel entonces con la excepción de algunos ilustrados, un ser humano promedio recopilaba tanta información a lo largo de su vida como la que hoy puede tener un ejemplar de la revista Newsweek.

Independientemente de que en general el avance de las tecnologías de la información fue acelerando cada vez más el desarrollo tecnológico, especialmente en materia de telecomunicaciones, más allá de lo que la radio y la televisión hicieron en su momento e incluso los satélites, tanto en sus primeros modelos que daban vueltas a la Tierra sin parar, como en los geoestacionales, nada aceleró tanto las cosas como el surgimiento comercial del Internet, entre los años de 1994 y 1995.

En un principio Internet, tanto por la escasa capacidad de las computadoras, como de las redes, servía más para el intercambio de datos escritos y alguna otra imagen que fluía a una muy baja velocidad, pero conforme se fue acelerando, el mundo de posibilidades que arrojó se volvió interminable.

Baste recordar que las primeras conexiones telefónicas que se hacían en 1994 eran de 9Kbps de velocidad, en cambio hoy superan tranquilamente los 20 Mbps, al tiempo que las computadoras que antes cuando mucho guardaban 5 Gb, hoy acumulan en versiones mucho más baratas 1 o 2 Tb, lo que permite guardar el registro de varias vidas enteras.

Con tales capacidades de almacenamiento y velocidades para trasmitir datos, es que tanto las redes sociales como hoy las conocemos, como nuevos dispositivos del tipo de los teléfonos inteligentes y las tabletas electrónicas, sean las nuevas vías para que tengamos acceso al Internet desde prácticamente cualquier parte.

Hasta hace no mucho tiempo solíamos ansiar el momento en que llegáramos a nuestras casas para ver nuestra serie o programa de televisión favorito, hoy con servicios como Netflix, basta con parar en cualquier café para hacer una pausa y ver el capítulo de House of Cards, exactamente en el punto en que nos hayamos quedado, ya sea a través de nuestra tableta, teléfono o computadora portátil.

Lejos están ya los tiempos en que el gran lujo de oportunidad en la información era que una televisora recibiera vía aérea una cinta de película de 8 mm para revelarla y pasarla en el noticiero de la noche, hoy todos y cada uno de nosotros puede trasmitir video a cualquier parte del mundo en vivo sin pagar más de lo que nos cueste el servicio de Internet y lo que hayamos dispuesto para nuestros dispositivos. Qué lejos los tiempos en que cuando mucho acumulábamos la información que suele tener un número de Newsweek, revista que por cierto ya no existe en edición impresa.

/arm