imagotipo

Sistema Nacional Anticorrupción / El Agua del Molino/ Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

Ergo hay corruptos. Desde luego no se discute que los actos ilícitos, presumiblemente constitutivos de delito, deben ser previstos antes de ser sancionados. ¿Pero no hay un espacio vacío, por llamarlo de alguna manera, antes de la propia prevención, antes del propósito de que se incurra en actos corruptos? La verdad es que prevención y represión -pena- se dan por algo que es y que sin embargo no debería ser. Voy a lo siguiente. Hay una especie de pre prevención, si cabe el término, es decir, un espacio que se debería llenar con valores primordialmente sociales y que por supuesto dependen de valores de mayor jerarquía, individuales, personales. Se trata de algo eminentemente moral, tanto en lo social como en lo individual. A nivel de comparación, por ejemplo, es muy frecuente hablar de “epidemias” de naturaleza violenta, proclives a la criminalidad, siendo que en la especie procede o procedería establecer una política pública que las enfrente y combata; salvo, obviamente, que las epidemias se vuelvan endemias. Lo cual no empece que en cada hipótesis proceda establecer esa política. Lo que no podemos negar es que en México hay una epidemia de corrupción que peligrosamente se transforma en endemia. ¿Pero cuál es la causa de la causa, la causa eficiente y determinante de ese mal? ¿De dónde proviene? ¿Cuándo comenzó?

Yo pienso que la causa se halla, primero, en una deficiente organización familiar cuyos enormes defectos repercuten en el cuerpo social todo, afectando a la llamada familia social, a la sociedad entera. O sea, hay un grave desacuerdo entre ambas. Pero el problema es valorativo, para llamarlo de alguna forma dentro de la complejidad del asunto. Me explico. Hubo épocas, al margen de las vicisitudes políticas, en que concordaban en proporción siempre cambiante la moral familiar y la social, aunque sin rebasar ciertos parámetros convencionales o no. Pero sin ir muy a fondo de la cuestión nos hemos quedado ayunos, como colectividad, de una moral que oriente o que en su extremo rija. Hubo épocas, repito, lo mismo en México que fuera de él, en que una determinada moral le imprimía un sello a toda una generación o incluso a varias. Dos ejemplos aislados, distantes si se quiere, pero elocuentes, son la moral victoriana en Inglaterra y la moral inspirada, a mi juicio, en los valores de la Reforma mexicana. Pero algo ha pasado, algo se ha roto, algo se ha fracturado. Desde los años 50 del siglo pasado, fijando una fecha con todos los riesgos que ello implica, se han ido debilitando o rompiendo los resortes que impedían el desbordamiento de la conducta humana; al grado de que hoy se ven como normales, o medianamente normales, ciertas conductas otrora escandalosas, inmorales o amorales, si es que no abiertamente criminales. Lo que repercute en diversos espacios de la vida diaria: en el modo de hablar, de vestir, de comportarse e incluso de divertirse o distraerse. En otro terreno es un asunto, quiérase que no, de libertad, de uso inapropiado de la libertad irrumpiendo en la libertad de terceros. Han pasado más de 20 siglos de enseñanza, desde la Atenas dorada, pero somos muy lentos en aprender… En suma, la corrupción es el espejo en que se refleja la inmoralidad del individuo. En consecuencia es bienvenido en nuestro país el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción, pero sin perder de vista que lo impostergable es abatir los índices crecientes de corrupción, misma que se origina en espacios que si se descuidan pueden llegar, y han podido, hasta lo que hoy vive México: violencia moral y violencia física. Corrupción en todo y de todo. La mayoría de la gente no ve exactamente esto, ignora o desconoce la raíz del problema. No obstante habrá que rectificar rumbos, cambiar políticas, a lo que esperamos contribuya el detonador que es el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción.

Sígueme en Twitter:@RaulCarranca

Y Facebook: www.facebook.com/despacho.raulcarranca