imagotipo

Óscar Valdemar

  • Snob: Oscar Valdemar

  • Identidad ¿Se nace o se construye?

Durante mi última temporada en Estados Unidos, con una estadía de dos meses llevando proyectos de mercadeo y comunicación físicamente allí (hago la aclaratoria de “físicamente allí” debido a que durante el año ejecuto proyectos en la unión americana pero estando ubicado desde la Ciudad de México) observé un fenómeno muy peculiar. Este fenómeno, ya había aparecido ante mis ojos en años anteriores, pero no había logrado comprenderlo del todo, es de hecho un fenómeno que nos atañe a todos y de manera muy personal, para posteriormente convertirse en algo colectivo. Me refiero a la identidad, y es en Estados Unidos donde he tenido oportunidad de observar este fenómeno de una manera más intensa. Desde mi primera temporada de residencia en la unión americana hace ya más de una década en California, observé cómo las personas van construyendo su identidad, en muchos casos, dejando atrás las raíces. Pero para no enredarnos, vamos a tomar la punta de la madeja recordando que la identidad es un conjunto de rasgos o características de una persona o cosa que permiten distinguirla de otras en un conjunto. Si habláramos de ella de manera colectiva, en México diríamos que tenemos una mestiza; si nos pusiéramos a explorar en nuestro pasado para comprender nuestro presente, encontraríamos piezas de casi todas las culturas del mundo fusionadas en una sola, la mexicana. Palabras, gestos, costumbres y muchos más quehaceres manifiestan una conexión genética y cultural con otras regiones del mundo. Por ejemplo, respecto al aspecto físico, algo que le sucede a muchas personas cuando viajan al extranjero, si son de piel clara, es que jamás identifican que son mexicanos, porque el conjunto de rasgos en el consciente colectivo global sobre México incluye piel morena y rasgos casi toscos o indígenas (muchos bellísimos). Yo he tenido serias controversias con algunas personas en el extranjero por esto, cuando me dicen “You don´t look like Mexican” (Tú no pareces mexicano) entonces les pregunto: ¿Has estado en México alguna vez? Generalmente responden que no, no han estado; pues si hubieran estado comprenderían un poco más que la identidad de los mexicanos es diferente al estereotipo publicado en películas y series. Lo mismo me sucedió estando en el País Vasco, de donde además tengo raíces; caminando por Bilbao con mi amiga Amalur (vasca) me incomodé un poco porque la gente me observaba digamos “raro”, entonces le pregunté a Amalur si había salido mal vestido, si traía algo mal en el cabello o por qué me observaban así, ella me respondió “Es que se ve que no eres de aquí”. Le dije entonces, al ver que habían unos africanos y unos asiáticos también paseando por el casco viejo: “Pero ellos se ve que tampoco son de aquí y no les pasa lo mismo”. Muy segura Amalur replicó “Claro, pero se ve que ellos son de África, los otros de Asia y de ti no se imaginan porque estás todo revuelto con ese cabellito claro y ojos rasgados, no es común para ellos ver esas mezclas”. A partir de ahí, comencé a observarme un poco más, y a mis connacionales también de una manera diferente. Volví a México y fui a Camerone, sitio histórico en Veracruz de donde es la familia de mi mamá, donde existe una fuerte herencia francesa pues es donde se llevó a cabo una batalla muy famosa, que fusiona de una manera distinta a los franceses con los recientes hijos del mestizaje mexicano. Entonces caí en cuenta que ese pasado, alimentaba mi identidad, de una manera casi inconsciente pues crecí con poco contacto con esas raíces; pero permanecieron en mi personalidad, en mi identidad, manifestándose a través de una fascinación inexplicable por lo galés y lo euskera; pero también por lo indígena, lo mestizo. La observación del fenómeno de la identidad se acentuó al reencontrarme con queridos amigos que hacía más de cinco años no veía, que conocí durante el año que pase en Memphis, Tennessee. Una de esas grandes amistades es la de Catrina Guttery. Nos conocimos trabajando en “Memphis Music Foundation”, ella era la gerente y yo ejecutivo de relaciones públicas de medio tiempo. Para mí, trabajar en dicha fundación fue extraordinario, pues me contactó con un mundo maravilloso, el de la música. La fundación era dirigida por Al Bel, el famoso productor de Prince y recibía donativos de grandes figuras de la industria oriundas de la ciudad como Justin Timberlake o Aretha Franklin. Una empatía muy especial surgió entre Catrina y yo. Ella es el vivo retrato de la mexicana del siglo veinte, esa que veíamos en publicidades apelando por una nueva identidad en México. Sucede que Catrina tenía un fuerte nexo con México, pues nació en Guadalajara y a los seis meses de edad fue adoptada por un matrimonio norteamericano que la llevó consigo a vivir a una región en la unión americana donde solo existían blancos o negros, a Mississippi. Catrina me pidió que le contara sobre México, cultura y costumbres pues ella a pesar de ya ser un adulto en plenitud, con una identidad totalmente norteamericana, sentía la necesidad de conocerse y reconstruirse a sí misma a través de sus raíces. Al día de hoy, Catrina, a pesar de que no habla español, está involucrada en diversos comités latinos que promueven y preservan la cultura mexicana en la ciudad. Ella se llama a sí misma “mexicana” y lo es. Porque nuestra identidad es lo que construimos nosotros mismos, lo que elegimos ser, lo que nos resuena, haya o no raíces conectadas directamente. Creo que la identidad, efectivamente se alimenta de ellas, pero no la definen. Construimos nuestra identidad personal con lo que nos apasiona o nos desagrada. Más allá de nuestros genes, de los idiomas que hablemos o qué tanto conocemos u olvidamos de nuestro pasado, “elegimos ser”. La identidad colectiva, como ya les conté con el ejemplo de Bilbao, es un constructo, es un ambiguo mediático presa fácil de la ignorancia. Nuestra identidad se basa en la libertad de elegir quienes somos, de imaginar quienes somos, y ésta se vuelve más auténtica cuanto más nos acercamos a lo que soñamos de nosotros mismos.