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Sonidos del alma

  • Sonidos del alma: Francisco José Bernal

Juan Rulfo, vigente en ausencia

A los 99 años de su nacimiento, se le recuerda y se le sigue leyendo en el mundo literario. El 16 de mayo de 1917, Sayula se iluminó con el advenimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, conocido como Juan Rulfo.

Excepcionales virtudes de narrador, enmarcadas con el sentimiento del paisaje y la fantasía con matices de humanidad directa, conmovedora y una prosa vivaz, equilibrada entre la perfección estilística y el vigor popular.

Un niño que sufrió la orfandad y en su adolescencia, el impacto de la contienda Cristera. Todo ello dejó una huella en su personalidad, en su estilo literario y realista, de un pueblo que se resistió a morir entre el polvo y el olvido.

Su inmortal obra literaria tiene los matices de su vida interior, su soledad, sus experiencias ante todos aquellos pueblos que recorrió debido a su trabajo en la Secretaría de Gobernación, como agente de inmigración. En su breve pero intensa obra, tanto en sus cuentos como en sus novelas, se percibe un grito de dolor de los que prefieren el silencio ante la ingratitud de la palabra.

Para proteger estas palabras, recordamos: “Pedro Páramo”, “El llano en llamas”, “Diles que no me maten”, “El gallo de oro”.

Por lo que refiere al libro “El llano en llamas” y a su novela “Pedro Páramo”, publicados en 1953 y 1955, respectivamente, le consagraron como un escritor de alto nivel literario.

En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura, en México y en 1983 el Premio Príncipe de Asturias en España.

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Su libro “Pedro Páramo” (1955) fue traducido al alemán por Mariana Frenk (1958) y posteriormente en otros idiomas, como inglés, francés, sueco, polaco, italiano y noruego. Todo ello le situó como uno de los grandes autores de la literatura universal.

Recordando un fragmento de Luvina, cuento que forma parte del “Llano en llamas”: “De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas a la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.

-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si llevara  un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye a mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.

El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera”.

Epílogo

El hombre muere, pero su obra artística, literaria, filosófica y científica es inmortal. Los buenos libros siguen siendo un refugio para apartarnos de la estridente vida, una compañía en nuestra soledad, que podemos conservar entre las manos y en muchos casos, un camino hacia la sabiduría.