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Tacto emocional

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

“Las armas requieren espíritu como las letras”,

Miguel de Cervantes Saavedra
Es digno de una buena carcajada, el hecho de no saber qué hacer con las palabras, sobre todo cuando una de las cosas a las que siempre te has dedicado es a usarlas, y también, a hablar sobre erotismo.

Hablar del concepto, de las historias, de la evolución en sus diversas latitudes, pero jamás hablar de uno. Nunca en primera persona, no las sensaciones, no lo que me gusta. ¿Acaso se siente uno descubierto al hacerlo?

Resulta que en cierta conferencia en la que la mayoría éramos mujeres, le preguntan por escrito a Andrés de Luna, ¿por qué el simple roce de unas nalgas femeninas genera tanta excitación? Y yo, que estudié la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la UNAM y que fue uno de los grandes maestros en mis años estudiantiles, me llevé el chasco de mi vida con su respuesta, un lacónico: Es obvio. Tan, tan… Porque de ahí no lo sacaron.

Desconozco lo que le haya ocurrido para responder de esa manera, debió seguramente ser un mal día para él; sin embargo, el auditorio estaba lleno, y sus palabras vaciaron o llenaron de ideas las mentes caprichosas de quienes nos encontrábamos ahí…

Entiendo perfectamente que en algún momento pueda resultar incómodo que a alguien que escriba sobre erotismo o escenas eróticas, le pregunten en primera persona, y es evidente que uno escribe al respecto, porque forma parte de las obsesiones particulares.

Ciertamente me parece que en una conferencia, la situación está mayormente controlada, a que si alguien te contacta por chat, pensando que al escribir sobre erotismo, lo que quieres es conocer las experiencias sexuales de otros, y todavía más, pides casi a gritos, contar las tuyas. Ambas situaciones son netamente polos opuestos, pero falsas al fin y al cabo (las del chat). En fin…

En cambio, nosotras nos imaginamos las nalgas masculinas como todo un portento a la emancipación y afición por la virilidad. Probablemente para Andrés de Luna son tantas cosas y generan tantas sensaciones, que no las quiso describir…

Nosotras lo creemos seriamente, si mirar seduce y casi envenena o al menos emboba; rozar, genera mayores placeres. Una piel suave que también al tacto se cimbra. Pero además, es esa fracción corporal que por su redondez y cercanía con el sexo atrae de golpe el interés.

Hago el parangón de escribir ahora con un teclado de computadora, al proceso mental e intervención de los distintos sentidos al escribir con tinta en una hoja de papel, en un cuaderno. Esa sugestión, esa sutileza. La selección de las palabras y la pausa sin tachón ni enmendadura. Por mi parte, siempre lo he considerado así, mis textos son mejores cuando los empiezo a mano. Así se llega mejor a las emociones, al centro de uno mismo. Así lo siento. Tengo plumas por todos lados, plumas sencillas, múltiples plumas bic o de las promocionales, y yo, soy cleptómana de mis propias plumas; nunca de las de otros. Cuando no encuentro ninguna por lado alguno, sé que las encontraré en mis bolsas. Yo misma me las hurto. Quizá algo que me aterra sea la necesidad de escribir algo en cualquier momento, y no llevar con qué dejarlo fijo en el papel. La memoria suele ser borrosa y tan selectiva.

Luego de esa digresión, vuelvo al roce y contacto con algunas zonas corporales de otro individuo. Diré que no es solo el tocar, sino la reacción,aquello que nos enloquece. Lo que se busca es eso, no solo adorar esas protuberancias amables y generosas, cual si fuesen dioses. Lo que entumecey anonada, es la emoción que puede producirse en el otro. El calor y la expectativa. Si existe reciprocidad en el gesto, en el tacto y contacto, la situación será mejor, quizá de arrojo. Arrogante también.

Tengo una amiga, de más de 80 junios, con gran vitalidad…, y que sale a la calle partiendo plaza. Ella disfruta al rozar un trasero varonil, y generar esa sensación de nerviosismo en el otro. Desde luego, como es divertida y con gran experiencia, nunca se imaginan ellos que ella fue. Me ha tocado verla, cuando vamos caminando por la calle y hace alguna travesura semejante. El joven voltea, de inmediato, pero ¿cómo pensar que fue ella? Eso le mantiene alta la autoestima. Es tremenda.

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