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Tajamar: naturaleza muerta / De Cara al Sol / Andrea Cataño

  • Andrea Cataño

Este es un cuadro pintado con palabras, una naturaleza muerta que describe cómo interactúan los ecosistemas en Cancún y la Riviera Maya, cuya intención es contribuir a que todos comprendamos por qué la depredación de la naturaleza ahí debe parar a cualquier costo.

El subsuelo de Quintana Roo tiene dos capas de agua que no se mezclan: una de agua de mar que se adentra en la península y otra de agua dulce que, cuando llueve, traspasa el suelo poroso hasta llegar a la capa de agua salada sobre la que se desplaza, filtrándose a través de los entramados de raíces de los árboles de las selvas altas y bajas y del manglar, en su trayecto hasta la costa.

El manglar realiza el máximo y más complejo proceso de filtración, en el que los nutrientes que acarrea el agua desde tierra adentro, alimentan a miles de plantas y animales que intercambian un sinnúmero de relaciones de subsistencia entre los habitantes del mar formando un ecosistema perfecto.

Las plantas de la duna costera realizan el último filtrado y con sus extensas, poderosas e intrincadas raíces filtran el agua al alimentarse y, a la vez, amarran la arena a la playa impidiendo que la fuerza del viento y el oleaje se la lleven.

Los granos de arena de las playas del Caribe mexicano están formados en un 90 por ciento del crecimiento, muerte y regeneración del coral del arrecife y en un 10 por ciento de conchas que después de miles de generaciones, las corrientes, los vientos y las olas han depositado en las costas para crear esas blanquísimas playas.

Las límpidas corrientes de agua dulce que han pasado por los extensos filtrados del subsuelo, vivifican el arrecife para completar el delicado ciclo vital que mantiene el equilibrio de esta región.

Todo estuvo bien por miles de años hasta que llegó el hombre a crear Cancún. Las plantas de la duna le robaban vista a la blanca arena, así que las cortaron; para atraer visitantes, pusieron un campo de golf, hoteles, estacionamientos, albercas, restaurantes, centros comerciales; cortaron, rellenaron y cubrieron de concreto el manglar para crear parques temáticos y canales venecianos. Para construir todo esto, llegaron miles de trabajadores que luego se quedaron. Hubo necesidad de edificar viviendas, escuelas y hospitales sobre la selva y los manglares; ¡ah!, y drenaje para captar los desechos fisiológicos y químicos. Desechos que hasta la fecha van a dar al mar. Los arrecifes reciben estas enormes cantidades de porquería; se intoxican y mueren dejando sin protección a la gran diversidad de vida que cobijan y a la costa que resguardan contra el oleaje.  Resultado: olas más grandes, más fuertes y frecuentes llegan a la orilla, deslavando la arena y llevándose la playa.

El viento ya sin obstáculos, con mucho más intensidad, quema las pocas plantas de duna que quedan y sopla sobre la arena, llevándosela hasta desaparecer la playa. Si hay menos granos de arena suspendidos en el mar es porque hay menos arrecife vivo que los genere y si no hay manglar, el arrecife seguirá muriendo, así que por muy costosas y avanzadas que sean las técnicas de captura, si no hay arena, ¿qué capturan? Y los huracanes cada día más intensos por el cambio climático, pegarán con mayor fuerza, pues no estará el manglar que sirve de barrera para disminuirla.

¿Hay o no un crimen ambiental, señor Manuel Mercado? Tajamar era de los pocos manglares que quedaban en Cancún. Ante la impotencia de ambientalistas y de la sociedad, nada podrá hacerse si “lo legal” prevalece sobre lo moral y lo justo. Y así, por intereses mezquinos y al amparo de leyes obsoletas, se permitirá la destrucción inicua del hogar de todos para dejarnos con un cuadro más de naturaleza muerta. ¡Me duele!
andreacatano@gmail.com