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Tanto para nada. Segundo acto

  • Eduardo Andrade

  • Eduardo Andrade Sánchez

Retomamos la ficticia conversación iniciada en la colaboración de la semana pasada entre un abuelo inglés que votó a favor del Brexit; su nieto que votó por permanecer en la Unión Europea; el profesor del nieto, que enseña en la London School of Economics (LSE); un amigo escocés y Donald Trump, que va llegando a Londres proveniente de Escocia. Volvamos con la imaginación a ese hipotético escenario en el momento en que el escocés ha irrumpido en la plática:

— Los escoceses habíamos decidido quedarnos en el Reino Unido porque así éramos parte de la UE, pero ahora nos demostraron que uno se puede salir de cualquier trato; pues haremos otro referéndum que nos separe de Inglaterra y nos una con Europa.

—Tiene razón el señor McFarland, Escocia merece estar bien separada y para eso estoy aquí.

—Usted mejor ni opine mister Trump, los escoceses lo alucinamos ¿no se fijó como le rodearon su campo de golf con banderas de México?

—Pues cambiarán de opinión cuando vean el proyecto del grandioso, tremendo y hermoso muro con estilo de castillo escocés que les voy a construir para que no se les quieran colar los ingleses rumbo a la UE. A lo mejor se los financio con lo que me sobre de lo que paguen los mexicanos. Les aseguro que quitan sus ridículas banderitas.

—¡No! ¡no! ¡no!, ilustre edificador de muros. Ese no es el mensaje del resultado del referéndum. Ya les he dicho a mis alumnos que no es lo mismo una frontera que una muralla.

—Pero profesor, usted mismo me enseñó, y así he tratado de explicárselo a mi abuelo, que la globalización es imparable.

—Y así es; pero eso no significa que sea inmodificable. El Brexit es entendible porque la gente está enojada al ver disminuir su nivel de vida y la calidad de los servicios, y está harta de los políticos tradicionales: laboristas, conservadores, liberales o lo que sea, para el caso todos son iguales.

— Eso es cierto, es lo que les digo a mis compatriotas americanos en mi campaña.

—Para mí, como maestro, eso explica la salida de la UE. Fue un voto emotivo, no racional. Buscan algo nuevo que les ofrezca un mejor horizonte para no sentirse al borde del abismo.

—Sí, y por eso los viejos, como mi abuelo, decidieron dar un paso al frente y lanzarse al vacío.

—Justamente hijo, con eso nos quería espantar Cameron, pero no se le hizo y fue él quien tuvo que aventarse de clavado al precipicio. Parece mentira que los viejos hayamos tenido más valor que los jóvenes. Nosotros preferimos enfrentar los problemas con un nuevo comienzo, mientras que ustedes se conforman con la mediocridad y el sometimiento a autoridades que no han elegido; ¡qué van a elegir! si fueron tan indolentes que ni siquiera salieron a votar en número suficiente para ganarnos a los que logramos zafarnos de ese tren que va —ese sí— derechito al abismo.

—Pero déjenme terminar mi explicación, reconociendo que el abuelo tiene en parte razón. La UE parece no satisfacer ninguna expectativa, bueno de la gente común, porque las grandes transnacionales y los especuladores financieros sí se benefician del libre flujo. En cambio el ciudadano medio está tan furioso en Grecia como en España, o en Francia —no más vean las protestas contra la reforma laboral— como aquí. La debacle no la creó la UE; vino de otro lado, con la crisis desatada por las hipotecas basura, la voracidad de especuladores inmobiliarios y la falta de regulación de los mercados por el poder político. El Brexit puede resultar esperanzador al recordar a esos desaforados mercados que aún existe el Estado nacional y que es posible retomar el control democrático de la economía.
eandrade@oem.com.mx