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Televisa y su violencia institucional: “No’ más poquito…” / Un Cuarto Propio / Lucía Raphael

  • Lucía Raphael

Corte uno: Un hombre joven exaltando el estereotipo del macho norteño; sombrero y botas tejanas, jeans ceñidos, barba recortada, tono estertóreo al hablar, se aferra a un humor que la empresa que lo contrató debe reconocer como atractivo para el público que sigue el programa; el estereotipado individuo es acompañado por una mujer joven, delgada, que cumple también con el estereotipo de los gustos del público que escucha la música que da concepto al programa. En la ya viralizada escena, el lenguaje corporal de ambos conductores es claro; ella se “esta saliendo de cuadro” desde el primer momento, intentando evitar al colega que desde el segundo uno invade su “esfera de intimidad”, con una insistencia cargada de violencia.

Él canta una canción de despecho cambiando la palabra “caricias” de la letra original por “cosotas”, mirando con descaro los senos de la conductora casi con la cara encima de ellos. La incomodidad de la conductora es cubierta con una forma de humor que busca -desde su perspectiva- mantener la dignidad, aguantando la violencia a la que las mujeres mexicanas estamos en mayor o menor grado acostumbradas. Pero el tipo no para ahí; el individuo mima el gesto de levantarle la falda y, evidenciando que la práctica es costumbre en el programa, se escucha de fondo el sonido de latigazos, cuya pre-grabación deja claro la idiosincrasia del mismo en relación al trato del machín sobre la mujer.

Ella le grita ¡Ya! él dice “poquito, m’ hijita poquito”, ¿qué significa el poquito para un hombre que le esta faltando respeto a una mujer, presentada como un objeto de su deseo, que él asume como de su propiedad? ¿Poquito qué? ¿Poquito te toco? ¿Poquito “te la arrimo”? ¿Poquito te falto al respeto? “Porqué es tu obligación aguantarte; porque para eso estas aquí”. Ella intenta seguir leyendo los mensajes del público, él la rodea cantando “¿Por qué me ilusionaste con esas mismas cositas?”. La mujer le responde: “Yo no lo ilusione m’hijo, usted se ilusionó solo”, pensando “haber ganado una batalla”, ríe victoriosa… La mujer parece librada, él no va a dejar pasar el comentario. “Tengo miedo” dice el macho mientras la detiene del hombro y ella se aleja, él le dice “¡Pérate!”. “¿Pa’ dónde vas?” -mientras la jala hacia sí mismo- ya vas por la televisora”.

Él se da cuenta claramente de que ella está intentando protegerse, es consciente de lo incomodo de su comportamiento, pero no se detiene, al contrario ataca más fuerte, con gestos que denotan la costumbre de una impunidad, la imposición de una intimidad sobre el cuerpo de su compañera, haciendo sentir un derecho absoluto. Ante el comentario de un premio de 50 mil pesos, que una voz en off anuncia sobre un evento pasado, él la amaga: “¿Y mis 50 mil pesos qué?” pregunta mientras vuelve a arrimarse al cuerpo de la compañera, tomándola por la cintura apretándola contra sí mismo. Ella sube la voz “¡YA OIGA!” y él pasa a la carga tocándole los senos so pretexto de mostrar su collar, y sin el más mínimo recato, el llamado Enrique Tovar toca por segunda vez los senos de la conductora repitiendo: “Poquito, poquito”. Nadie la defiende, no hay un camarógrafo, o un productor que repruebe la escena, es más; el programa fue transmitido porque les pareció “normal”. La exasperación frente al fragmento completo es absoluta, ella reacciona de manera tajante, sin perder los estribos. Pero para el machín amerita una disculpa “a su gente” que es el colmo de la provocación: “Discúlpenla es hormonal. ¡SE LE SUBIERON LAS UBRES!”. No solo acude al estereotipado e insultante desprecio que amalgama capacidad de reacción con hormonas femeninas, sino que acudeal término utilizado por los veterinarios para referirse a las glándulas mamaria de los animales. ¿Qué es esta mujer con la que trabaja para él sino “ubres”?

La respuesta de Televisa no fue para defender el derecho de su colaboradora y empleada, ante tal comportamiento ilegal y violento del empleado, sino porque “se hizo viral”. En términos generales ni siquiera le hubieran dado importancia, porque representa parte de la cultura institucional de la empresa. Tania Reza fue valiente y debe haber estado desesperada para finalmente reaccionar. Parte de la incomodidad radica en la constitución minuto a minuto de un delito insoportable que forma parte de las prácticas sociales y culturales, no solo de los mexicanos, sino de la violencia institucional tanto en el sector público como en el privado. ¿Qué se puede esperar de una empresa que guarda en el corazón de sus instalaciones, grabado en una placa de cobre, una frase de su fundador que reza: “(…) México es un país de una clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida…”.

¿Cuál fue la solución de la empresa? Correr a ambos conductores, acorde a sus clásicos guiones (que por cierto es el molde que sigue el Gobierno actual): “borrón y cuenta nueva”, “aquí no pasó nada”; el sistema de la simulación y el engaño mal cubierto; y de paso re-victimizar a la víctima. Los obligaron a filmar un video “inventando un montaje”: ella actúa un guión forzado a todas luces, mientras aprieta las mandíbulas con una sonrisa que la está matando. ¿Él? Vuelve a la carga con el juego del sobajamiento y la sexualización de la hembra. Casi podría apostar que con el tiempo a él lo recontratarán y a ella la vetarán, esa es la justicia de la televisora. Qué respuesta le darán a Conavim, la más inverosímil, la más absurda, porque su misión es vendernos que somos estúpidos y mantenernos jodidos…

*Escritora e Investigadora IIJ–UNAM

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