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¿Títeres de los instintos? | Mujeres en busca de sexo | Celia Gómez Ramos

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Era un sudor frío que estremecía el cuerpo. No era miedo, tampoco que se encontrara en el sueño profundo o añorara o imaginara el contacto de otro cuerpo con el suyo: era enfermedad, tremenda fiebre, que le hacía perder días completos de ‘vida cotidiana’. Enfermedad, que con el paso del tiempo, se convirtió en necesidad, en deseo. Un deseo hasta sus últimas consecuencias.

Con esa historia hemos venido jugando por generaciones enteras, entre aquello que escandaliza de acuerdo a un determinado entorno, y aquello que con el tiempo se normaliza, y al hacerlo, pierde la potencia que generan los extremos y la visión, necesariamente determinante en tantas ocasiones, que tienen los otros. Y no, no es un cuento.

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Florencia, compañera de reunión, pensó que eso no era cierto, pero cuando nos sentamos seriamente a discutir, sobre cómo nos hemos venido transformando, y lo ejemplificamos con escritos literarios o personales de varones y de mujeres, asumió también, que todo estaba claro y era cierto. La literatura más había explicado de las preocupaciones de cualquier época, que algún manifiesto o alguna nota periodística.

Si bien ahora con gran facilidad sostenemos que podemos mantenernos al margen y no nos metemos ni buscamos influir en la manera en que cada quien decide llevar su sexualidad, ciertamente existen prácticas que socialmente son escandalosas, y que quizá, personalmente no solo nos desagradan, sino que solo pensar en ellas nos incomodan, por decir lo menos.

Así lo podríamos analizar a partir de las distintas prácticas sexuales de cada época y lugar, lo permitido y lo prohibido, y aquella relación con el conjunto de creencias y costumbres de cada lugar. Además de las imposiciones o leyes existentes…, narradas por los propios escritores, varones y mujeres. Es más, acudiendo tan solo al género epistolar.

Por eso, combatiendo el ocio que nos inspira en nuestras reuniones, decidimos desbocar nuestra mente atribulada y elaborar algunas ‘bienaventuranzas mujeriles’. Así les llamamos, mofándonos de todo, pero considerando aquello que hemos de remontar, frente a los discursos que seguiremos escuchando, pero ni por poco corresponden a lo que nosotras creemos que queremos.

Y bueno, pues siete que somos, cada una se inspiró en proporcionar una. Aprovecho aquí para compartirlas con ustedes, queridos lectores. Desde luego, pueden añadir la suya propia, varonil, femenil o general, que dicho sea de paso, siempre será más agradecible.

Bienaventuradas las que enseñan a las nuevas generaciones que el sufrimiento no es norma de vida, ni andan de metiches, atropellando las vidas ajenas; porque además de que vivirán plenamente lo que se propongan, permitirán con su sabiduría que otros luchen por obtener lo mejor en cada época y lugar.

Bienaventuradas aquellas que saben que la crueldad es el arma favorita, porque ésas le darán la vuelta y la utilizarán a su favor.

Bienaventuradas las que aunque no sean tan seguras de sí mismas afronten la vida como si lo fueran, derribando cualquier muro o barrera que se les ponga en frente; que al fin para eso sirven las herramientas de que se les ha dotado ancestralmente. Que los genes sirvan para algo.

Bienaventuradas las que se divierten al extremo y no se preocupan porque las mantengan ni las entretengan, porque ellas entretendrán a quien quieran, cuando les dé la gana y obtendrán lo que quieran también.

Bienaventuradas las que se burlan de sí mismas y después del mundo; aparentando que se adaptan, en tanto se transforman.

Bienaventuradas las que conocen su cuerpoperfectamente y el poder de sus deseos, porque ese será el principio de su goce.

Bienaventurados los que disfrutan al dar y recibir sabiduría y placer, porque de ellos es el universo entero.

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