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Tlatelolco y Ayotzinapa: no supimos entonces y no lo sabemos ahora/ Mario Núñez Mariel

  • Mario Núñez Mariel

El encuentro entre el presidente Enrique Peña Nieto y los padres de los normalistas de Ayotzinapa, estuvo marcado por una vieja maldición de las relaciones entre los gobiernos mexicanos y la sociedad civil: la desconfianza mutua. Por más esfuerzos que pueda hacer el Presidente, la condena de sus palabras es sistemática. El repudio activo de sus interlocutores echó abajo cualquier posibilidad de avance en las negociaciones sobre los pasos a seguir en la investigación de lo acontecido hace un año en Iguala. La cerrazón gubernamental de plantear la manera de hacer las cosas sin previamente escuchar a los padres de los normalistas, se antoja como un error táctico que se convirtió en un error estratégico.

Da la impresión de que los gobernantes siguen considerando a los padres de los muchachos desaparecidos como si fueran menores de edad incapaces de pensar por cuenta propia. Y no son pocos los comentaristas que los contemplan de la misma manera, al hablar de que se les está manipulando como si fueran títeres. Lo cual habla de la insensibilidad de ciertos periodistas que se creen muy duchos por poner en cuestión la legitimidad de la lucha de los padres de los normalistas. Simplemente, no entienden cuál puede ser el dolor de vivir la desaparición forzada de un hijo.

Además, los “críticos extra críticos” nunca le otorgan a los ciudadanos de bajos recursos la capacidad de pensar estratégica y tácticamente, para alcanzar el objetivo que se proponen; dentro de una especie de racismo clasista suponen que “los de abajo” no piensan ni sienten; y menos todavía tiene el derecho de luchar hasta el final para encontrar a los hijos desaparecidos. Pero la entereza de los padres de los normalistas, como buenos guerrerenses, es combativa y no se dejan amedrentar y menos apabullar por los críticos de su lucha incansable ni por los gobernantes y su supuesta “verdad histórica” que se cayó a pedazos. No sabemos qué fue lo que realmente pasó, pero sí sabemos que lo dicho por el Gobierno como versión definitiva, ya perdió toda posibilidad de mantenerse por la falta de credibilidad de quienes gobiernan.

Y no podía ser de otra manera. Un Gobierno que nunca o casi nunca cumple lo que dice, refuerza el sistema defensivo de una sociedad agraviada, que hace de la desconfianza la única manera de relacionarse con las instancias de poder y sus representantes. La irregularidades en los procesos legales son tantas y tan absurdas que llega a establecerse un círculo vicioso entre el incumplimiento de la ley, la injusticia y la desconfianza de los gobernados. El sistema jurídico mexicano está en pleno colapso en sus niveles de procuración y administración de justicia. El sistema penitenciario es una tragedia con decenas de miles de inocentes encarcelados, mientras los verdaderos delincuentes se salen con la suya de ser liberados por falta de pruebas en su contra. Así tenemos que al doctor Mireles de las autodefensas de Michoacán, en brutal injusticia no lo liberan, mientras los capos la libran de una o de otra manera, hasta quedar en libertad para seguir desangrando este país.

Pero qué sentido tiene repetirlo, si las fuerzas que han instalado el sistema de la ilegalidad sistémica son las que se encuentran en el poder y determinan como la estructura del incumplimiento de la ley, se refuerza cada día como parte del ejercicio cotidiano de la desigualdad y la dominación. Cómo evitar en ese contexto que surjan fuerzas revolucionarias que se propongan cambiar la estructura de la desigualdad, la injusticia y la barbarie por la vía de la violencia. No lo ven acaso: la corrupción y la impunidad empujan la revolución.