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Todo comenzó con la debilidad de la carne

  • Mujeres en busca de sexo / Celia Gomez Ramos

“Quiero llorar, porque me da la gana”.

Federico García Lorca

Cuando volteas y ves éste, nuestro México corrupto; éste, nuestro México sin valores; éste, nuestro México sin los arrestos para ser gobernado; éste, nuestro México que llora; éste México nuestro, que aúlla de dolor; recuerdas que alguna vez hubo un principio, y ese fue: la carne. Pero no aquella de la que habla la biblia convertida en manzana, no. Una más particular y próxima.

Cuenta la leyenda, que allá por los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando México se quería neutral, vendiéndole petróleo a los nazis, los Estados Unidos reaccionaron fuertemente y no, no crean que llegaron a la cabeza; los estadunidenses llegaron a los mandos medios y a los operativos, a quienes únicamente les importaba su Nación y veían en el compartir información a los estadunidenses: la salvación. Así, México no sería un país totalitario, no un país represivo, no un país en donde ninguna libertad fuera garantizada. Como siempre, había quienes no pensaban igual, y algunos estaban en posiciones estratégicas.

Incluso, y por ello digo que “todo comenzó con la debilidad de la carne”, hubo una vez un secretario de Gobernación, al que le ganó el sexo y se enredó con una espía nazi. Según consta en documentos y recientemente incluso libros (“Hilda Krüger. Vida y obra de una espía nazi en México”, de Juan Alberto Cedillo, quien antes escribió, “Los nazis en México”).

Hilda, nacida en Alemania en 1912, había tenido que abandonar su país, luego de haber comenzado a actuar a los 21 años y tener ya en su haber 16 películas, cuando la esposa de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, se enteró que él tenía amoríos con ella.

Este enredo llevó a que Hilda fuese enviada a Los Ángeles, en 1940. Fue recibida por el Cónsul del Tercer Reich, y Goebbelsse hizo cargo de todos sus gastos. Mujer de gran belleza e inteligencia, rápidamente se incrustó en la alta sociedad estadunidense. Llamó la atención del magnate petrolero, Jean Paul Getty, con quien inició un romance. Otro, con el empresario cervecero Gert von Gontard.

Recomendada por Getty, en 1941 llega a México. La recibe el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Ezequiel Padilla. Manuel Ávila Camacho había llegado al poder y era simpatizante del nacionalsocialismo, se expone en el libro. Hilda rápidamente se relaciona con importantes personajes del Gobierno, ciertamente bien recomendada, pero con el discurso de estar buscando suerte como actriz en el cine mexicano –en Hollywood no la tuvo. Ya aquí, parece cuento, pero no lo es, agentes de inteligencia alemana la reclutan para trabajar a beneficio del gobierno alemán, con la finalidad de mantener el suministro de petróleo de México hacia Europa.

Con Ramón Beteta, que había sido subsecretario de Relaciones Exteriores, Hilda sostiene un amorío. Se relaciona con facilidad con la élite política y así conoce a Miguel Alemán Valdés, Secretario de Gobernación. Ella joven, extranjera, inteligente y bella, logra ante un insaciable titular de Gobernación en todos los sentidos: en el sexual, en la ambición por el poder, en la ambición por el dinero, en el controlar los medios de comunicación más adelante, hacerse amantes. Miguel Alemán le dio todo, inclusive tarifas preferenciales de ferrocarril, para que los nazis sacaran nuestras materias primas de Guerrero. Ahí, cercano a Tlapa de Comonfort, donde se encuentra Ayotzinapa, extraían nuestras materias primas y las sacaban por el Golfo de México; al tiempo que nuestro petróleo se iba para ellos, también desde el Golfo.

Hasta que -cuestión que nadie cree-, los italianos hundieron dos barcos que casualmente llevaban cargamento de petróleo para los nazis. La verdad es que Italia nunca ha reconocido esa deuda de guerra, porque no fueron ellos quienes hundieron los barcos: Potrero del Llano y Faja de Oro. Hilda, en amoríos con Beteta y con Alemán Valdés, tenía la encomienda de sacar materias primas baratas con transporte barato y con las facilidades para no ser molestada –lo conseguía-, y los agentes estadunidenses que la vigilaban, informaron al Departamento de Estado de estas relaciones “peligrosas”, según documenta Juan Alberto Cedillo en su libro sobre Krüger.

Cuenta el autor también, que el secretario de Gobernación estuvo al tanto de las labores como espía de Hilda y no obstante ello, la protegió para que los agentes estadounidenses no se la llevaran, y rápidamente (luego de un breve lapso en que fue detenida), le organizó una boda con un mexicano, para que permaneciera en el país.

Después de esta historia, en la que hemos perdido todos…, aspiro a que la debilidad de la carne no trascienda más a nuestros principios. Quiero pensar, que todavía los tenemos.
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