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Todo un catecismo cinematográfico

  • La moviola/ Gerardo Gil

Con La Cabaña (The Shack, Stuart Hazeldine, 2017) la fe como espectador se pierden pasados los primeros 30 minutos del filme. Y es que la película, que protagoniza Sam
Worthington y Ocatavia Spencer (que se regodea como nunca en sus capulinescas expresiones) se da el lujo de jugar con las buenas intenciones de los cinéfilos. No hay redención posible para el trabajo del director después de contemplar con azoro el regodeo catequista que se nos muestra a lo largo de más de dos horas.

Y es que la película tiene en sus dos primeros actos una promesa de muestra genérica con cierta complejidad en el personaje principal. Pero todo resulta un mero gancho para la charada principal, el leitmotiv del filme: la complacencia dramática dentro del género religioso.

El asunto es que para detallar la trampa en la que pretende el filme que caiga el público, hay que desmenuzarla en actos, que en esencia son tres. Dos breves y el tercero la columna vertebral, que diluye, casi, todo lo anterior. Esto no quiere decir, ni remotamente, que el filme nos regale un macguffin, es decir, una técnica narrativa que engancha al espectador, sobre algo que en el fondo no tiene mayor peso en la trama. En el inicio, vemos a “Mack” (Carson Reaume) un niño víctima, junto con su madre, de los abusos físicos de su padre, el pastor del pueblo. Después de un episodio especialmente violento, el chico, de no más de 12 años, decide poner veneno en las botellas de su papa. Presentado esto al público, inician los créditos de la película.

Han pasado los años y “Mack” (Worthington) es un amoroso padre de familia; las escenas, se nos presentan con un exceso de miel y lugar común, para que no quede duda del punto: su hija mayor “Kate” (Megan Carpentier) es malhumorada, el chavo “Josh” (Gage Munroe) es respondón y la más pequeña “Missy” (Amelié Eve) se la pasa haciendo “ingeniosas” preguntas a todo mundo, que hubieran hecho palidecer (y no es chiste) a Gary Coleman en Blanco y Negro. La felicidad la completa una amorosa y comprensiva esposa “Nan” (RadhaMitchel). Pero el hombre vive en medio de los tormentos de su infancia, y además en una comunidad muy religiosa. Un día, decide ir con sus hijos a acampar. Para no hacer el cuento largo, la hija más pequeña desaparece en medio de una tragedia. Este hecho, orillará a “Mack” a confrontarse con su pasado.

Y ahí nos ubicamos en el acto tres, el que sostiene el filme, porque todo lo anterior, que promete cierto peso dramático, es mero pretexto para que “Mack” se encuentre buscando respuestas en medio de una cabaña que habita “Papá” (Octavia Spencer), “Jesús” (Avraham Aviv Alush) y “Sarayu” (Sumire Matsubara). Los tres, convenientemente de diferentes tipos étnicos. El regodeo catequista en la trama para lo que resta del filme.

El problema con la película, a nivel narrativo, no es el tema religioso en general, porque estos temas tienen público y mucho. El asunto de fondo es la complacencia infantiloide, que deriva en torpeza y exceso con el que se presenta.

Referentes sobre el género sobran: Oh, God (Carl Reiner, 1977) que tendría un par de secuelas y a George Burns en el papel de Dios; la serie Highway to Heaven (Michael Landon, 1984-1989) por mencionar dos. Todas excesivas, muy melosas y chantajistas. Incluso rayando el mal gusto. El problema es que con La Cabaña, los arquetipos explotan en una exageración narrativa y dejando de lado cualquier tipo de sobriedad o contención. Por momentos, la película puede recordar a Más Allá de los Sueños (Vincent Ward, 1998) pero la chabacanería del filme protagonizado por Worthington diluye cualquier brillo cinematográfico.  El pecado es muy obvio: la gula melosa e infantiloide en la que incurre.