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Topo Chico, tranza grande / Razón de Estado / Joaquín Narro Lobo

  • Joaquín Narro Lobo

La cifra oficial tras el motín en el penal estatal de Topo Chico es de 49 personas muertas, pero la realidad es aún más dolorosa y dramática: miles de familias en la mayor de las angustias aquella madrugada y quienes todos los días sufren por las condiciones infrahumanas en las que sus hijos, esposos, padres o hermanos viven. El motín de Topo Chico destapó lo que desde hace tiempo se ha señalado por distintas autoridades y organismos, pero que en pocos lugares ha sido entendido y atendido: la corrupción y el olvido hacia la condición en la que viven cientos de miles de internos a lo largo y ancho del país.

Lo peor del caso es que Topo Chico se parece mucho al resto de los centros penitenciarios del país e incluso no es difícil encontrar penales en peores condiciones de hacinamiento, autogobierno, condición de los menores que cohabitan con sus padres internos, corrupción, violencia, entre muchas otras. Parece que en este país hace tiempo se nos olvidó que la intención de un centro penitenciario es la de compurgar una pena por un delito, pero buscando siempre la rehabilitación de quienes viven allí para que, cuando hayan cumplido la pena impuesta, tengan condiciones para retomar su vida y seguir adelante, con oportunidades de servir a la sociedad y formar parte de ellos. ¿En verdad es posible pensar que esto pueda hacerse en las condiciones que hemos conocido a raíz de este lamentable hecho?

Señala la página oficial del Gobierno de Nuevo León lo siguiente: “el cobro de piso, el tráfico de drogas y los privilegios se acabaron en el Penal del Topo Chico. Tras la intervención del Estado, Fuerza Civil asumió el control total del centro penitenciario y puso fin al autogobierno que ejercían líderes del crimen organizado en complicidad con algunas autoridades. Celdas de lujo equipadas con salas, minisplits, pantallas, frigobares, televisión digital y hasta acuarios y baños sauna fueron desmanteladas por la corporación estatal. Además, fueron retirados 280 puestos semifijos de alimentos, abarrotes y hasta un bar que eran operados por la red criminal directamente o a través del cobro de piso, ofertando productos con sobreprecios de hasta un 120 por ciento. Toneladas de objetos prohibidos, entre ellos muebles, aparatos electrodomésticos y colchones, fueron apilados en las canchas del centro penitenciario.” Menos mal que 49 muertos después las autoridades se percataron de estas pequeñas fallas que más de 3 mil internos vivían todos los días.

Esperemos que Topo Chico sea el más lamentable hecho que jamás se viva en un centro penitenciario y que la tragedia sirva como acicate para que las autoridades, mayoritariamente las de las entidades federativas, se pongan a trabajar en mejorar las condiciones de una población que sigue mereciendo un trato digno a pesar de los errores que hayan podido cometer. La ley se ha encargado de sentenciarlos al encierro y a la readaptación social, no a las golpizas, las extorsiones, las violaciones o incluso a la muerte. Que la vida de 49 presos muertos sirva de ejemplo para detener esa corrupción y olvido que ya no pueden seguirse viviendo en las cárceles de México.
* joaquin.narro@gmail.com   Twitter @JoaquinNarro