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Tormento

  • Pablo Marentes

En 2004 se conocieron los trabajos de purga de archivos que las oficinas de Relaciones Exteriores y de la Comunidad Británica realizaban, con extrema secrecía, para eliminar los documentos que registraban las acciones despiadadas que todavía en 1950 los gobiernos se empeñaban en calificar como acciones legalmente acertadas del empleo del poder del Estado para obligar a ciudadanos de otras naciones, en este caso del Continente Africano y Malasia, a acatar las decisiones del gobierno de su británica Majestad.

Recientemente mientras un tabloide “denostaba a los defensores del legado imperialista”, las ocho columnas del más tradicional diario londinense describía al Imperio Británico como “la fuerza regeneradora del mundo”. La controversia la revivió un libro intitulado “Imperio”. El autor Niall Ferguson, se proponía rehabilitar y purificar moralmente a la Inglaterra del Siglo XIX y de la mitad del XX.

Antes ocurrieron las Guerras del Opio, entre Inglaterra y China. La primera entre 1839 y 1842. La segunda de 1856 a 1860. En China ambos conflictos permanecen como heridas abiertas. En Inglaterra, son un registro tenue y borroso en la mente de historiadores especializados en el oriente.

Otros historiadores europeos señalan que las guerras del opio le sirvieron a la Gran Bretaña para hacerse de “libras inmorales” que sirvieran para equilibrar el presupuesto ingles alterado por sus frecuentes guerras libradas para ensanchar el territorio británico en lejanos continentes. Dada la adicción inglesa por la seda, la cerámica y el té chinos, eran los ingresos generados por el comercio del opio los que permitían equilibrar la balanza comercial británica, y satisfacer algunos caprichos y debilidades políticas de un buen número de miembros del parlamento.

Las dos guerras del opio propiciaron la obtención de estratégicos territorios. La entonces joven Reina Victoria contaba que el príncipe Alberto se desbordó de alegría cuando supo que ya era de ella “esa islita que se llama Hong Kong”. Las dos guerras debilitaron a la dinastía Qing y forzaron a China a suscribir acuerdos comerciales con cualquier nación que lo solicitaba. China se quedó sin fronteras.

La primera guerra del opio le permitió a Inglaterra establecer cinco puertos, entre ellos en Shanghai, Cantón y Fuchow. La segunda -guerra 1856-1860-los británicos legalizaron el comercio del opio, la apertura de toda la China Continental a los comerciantes ingleses y para eximirles del pago de impuestos de transportes internos.

También Estados Unidos aprovechó las circunstancias derivadas de la apertura del comercio con China. El gobierno americano envió en 1853 al célebre Comodoro Matthew C.Perryal mando de una escuadra de siete navíos, para que entrara como fuera, en la Bahía de Tokio y entregara una propuesta comercial y un tratado de amistad. Los japoneses la rechazaron. Perry volvió en febrero de 1854 con siete barcos, y un contingente de 1600 marinos de guerra. Así obtuvo la firma de un tratado comercial. Los Estados Unidos abrieron el comercio con Japón, con ventajas exclusivas. Trump sigue la misma ruta de los ingleses y los estadounidenses del primer tercio del siglo XIX. Conviene repasar la historia del comercio inglés y estadounidense, un tormento a partir de la primera mitad del siglo XIX.