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Torpe / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Nadie pensó que Harry Truman pudiera ser presidente de Estados Unidos. Ni él mismo. Franklin Roosevelt murió el 12 de abril de 1945 a las tres y media de la tarde en Warm Springs, Georgia. A esa hora el vicepresidente Truman tomaba un trago de whisky de maíz –Bourbon— con Sam Rayburn el presidente del Senado estadunidense. En esa oficina lo localizaron. Se requiere de inmediato su presencia en la Casa Blanca. Doña Eleanor Roosevelt le informa: Harry… el Presidente murió. ¡Estoy a sus órdenes señora! ¿En qué puedo servirle? En nada, le contestó. Somos nosotros quienes nos ponemos a tus órdenes.  El que necesita ayuda eres tú. Tú eres el de los problemas desde ahora. Y tienes que resolverlos ¡todos! Y las dificultades también.

Al otro lado del mundo, en Moscú, el embajador estadunidense en la Unión Soviética Averrel Harriman se entera, en la madrugada al final de una fiesta en la Embajada, que el presidente Roosevelt había muerto a las 15 horas, tiempo del Este.

Walter Isaacson, autor de “Los Sabios. Seis amigos y el mundo que construyeron” narra que Harriman sube a su recámara, y piensa en las consecuencias de la muerte del Presidente. Y cobra conciencia de la debilidad política que acosará a Truman por su falta de experiencia. Su único viaje al exterior fue cuando lo depositaron en un frente europeo al inicio de la Primera Guerra. Ahora, sus débiles aliados serían los franceses, los ingleses, los holandeses. Con la Unión Soviética, que había perdido 25 millones de hombres y mujeres, se iniciaría la Guerra Fría, un sórdido enfrentamiento diplomático sostenido mediante el espionaje y apoyado en amenazas de enfrentamientos armados si cada parte triunfadora –los Estados Unidos y sus pocos aliados-, no cumplían con lo pactado con la Unión Soviética, con sus numerosos aliados “tras la Cortina de Hierro”, según el término inventado por Winston Churchill. Seguramente Truman no estaba enterado del instrumento financiero propuesto por el general George Marshall para la transformación de las economías de guerra en economías de reconstrucción urbana e industrial de Europa Occidental.

Harriman percibió la urgencia de convocar a sus cinco amigos para que juntos los seis jóvenes sabios –como los conocieron entonces y los recuerdan hoy— cumplieran la misión sin precedentes de reorganización y rescate para convertir a Estados Unidos en el único triunfador de la Segunda Guerra. Y tomaron la Oficina Oval y reeducaron a Truman. Desde entonces los Presidentes “administrativos”, son un anacronismo inútil.  El Presidente de Estados Unidos debe ser al mismo tiempo el Supremo Comandante de las fuerzas de aire, mar y tierra, el único que habrá de mover, auxiliado por cientos de leales asesores, al nuevo Leviatán. Y el jinete del monstruo, lo debe conducir suavemente, para que no se irrite y no obedezca el bocado por falta de destreza en el manejo de las riendas.

Trump ha hecho lo que ha querido con las leyes de Estados Unidos. Ha aprovechado las “lagunas” para su individual beneficio.Y lo ha hecho con violencia, mediante atropellos a quienes tratan de impedirlo. Pero esos agravios y arbitrariedades tienen remedio en su país, y entre connacionales. Pero quienes viven dentro de otras fronteras y bajo las diversas y emocionales denominaciones nacionales, no le van a perdonar a los empresarios estadunidenses grandotes, medianos o chicos de cualquier especialidad y mercancía, encabezados por Trump, ningún agravio, ninguna falta de respeto. Y Trump funciona como si él mismo fuese El invencible Leviatán, todo poderoso, rodeado de los que construyen aviones y armas, y que al mismo tiempo determinan el comportamiento de las gigantescas financieras consolidadas, cuya muestra es la Reserva Federal. Al torpe Trump lo pararán sus paisanos. Ayudados por las minorías productivas que viven en Estados Unidos. Y los dos países fronterizos del sur y el norte.