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Tragicomedia de la sucesión

  • Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

En la política práctica, en lo que los petulantes llaman la realpolitik, los actores o protagonistas sean individuos o personas morales, actúan solo para adquirir el poder o para conservar, dentro o fuera del Gobierno. En cambio, en el análisis o en la hermenéutica política, únicamente se intenta describir los hechos, recordar precedentes, vislumbrar las tendencias u horizontes y contrastar lo que ocurre con lo que se dice o dijo que iba a pasar.

El capítulo V del “Quijote”, recuerda en voz de la mujer de Sancho aquel refrán de “Quien te cubre te descubre” y esa conseja popular inmutable, en mucho se aplica al “viacrucis” que están viviendo el país y los precandidatos a ocupar la silla del sparring principal de la “República”. La sucesión presidencial, como siempre, se inició desde el primer día en este aciago sexenio y no nada más es culpa y disculpa de las redes sociales, sino de un síndrome esquizoide de tratar de evadir la realidad para insertarse en la vorágine de lo que puede ser, de lo que se anhela que sea o de lo que se teme que se suscite.

La sociedad, desdeña estos chicoleos viscosos de los entresijos de los precandidatos y acaba tan cansada, tan hastiada, tan asqueada, que cuando llega el “día D”, el 3 de junio del 18, no acuden a las urnas ni la mitad siquiera de los mayores de 18 años, esto es, desde ahí llega partida la nación entre quienes desprecian la faramalla y los que, apasionadamente convencidos o no, acudimos con la ingenuidad genética a depositar nuestro votito que, finalmente, convierte a nuestro favorito o favorita en un patético receptor minoritario de sufragios, que, lejos de darle la fuerza para intentar gobernar, le insuflan pequeñez y debilidad al llevarlo a ser el sparring mayor con solo, si acaso, una tercera parte de la masa sufragal.

No se sabe quién va a ganar, pero sí quien va a perder. La derrotada es la mayoría de los ciudadanos puesto que quien se alza con el talegón es, per sécula seculorum un “triunfador” minoritario y “cuestionado por tirios y troyanos”. El actual sistema para elegir Presidente no sirve, no ha servido y nunca permitirá, de continuar, una verdadera democratización y avance. El uso descarado de los recursos del erario para engordar o denostar aspirantes, es evidente e irritante y si a ello agregamos que también del propio erario salen los billetes en volúmenes descomunales y afrentantes para cebar a los trapaceros, hace que la sociedad pague horrorizada la farsa de los verdugos.

En el libro de “Sociología” de Antonio Caso se nos enseñó el antiguo axioma de “lo que resiste apoya”, que luego fue plagiado infinidad de veces por vividores y bebedores. Y hoy está clarísimo que en esa perversión miasmática del renversé político, el precandidato o la precandidata principales juegan, a sabiendas en los terrenos de lo mismo de siempre, del déjà vu. Los de 21 años en el 2018, tenían 16 años cuando la precandidata más notoria terminaba su glamoroso primerdamismo y, en 2007 solo tenía 11 años. La tercera parte de quienes tendrían derecho a votar en las elecciones presidenciales, senatoriales, diputadiles, del príncipe cedemexino, de los delegados cedemexinos y de vaya usted a saber qué más, andaban jugando canicas, tamagochi o a la Barbie cuando empezó la docena trágica del foxismo-calderonismo que devino en este espantoso sexenio que muestra sus estertores. Lo dicho, Comendador, el pleito entre los que no se quieren ir y los que se ofrecen como panacea o la verdad verdadera, aburre y atemoriza. El tren va tan rápido que ya nadie se puede bajar.
rojedamestre@yahoo.com