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Transgénicos

  • Pablo Marentes

Pablo Marentes
Siete mil millones 487 de hombres mujeres y niños habitan la tierra. El promedio de incremento anual entre 2014 a 2016 fue de 1.20 por ciento. La producción de granos alimenticios crece aquí en un porcentaje dramáticamente menor al incremento de la población mundial.

A partir de la primera década de este siglo, cada año termina con déficit alimentario. En 2007 el precio de los granos se duplicó como consecuencia de las inundaciones que devastaron las cosechas. Aquí el Gobierno de Sinaloa en ese año redujo la superficie dedicada al cultivo del maíz. En un programa de radio, el gobernador de entonces, acompañado por sus especialistas, explicó que el aumento de la producción bajaría los precios y afectaría el mercado mundial y ¡las ganancias! Lo que aumentó entonces fue el precio de las tortillas y el número de mexicanos hambrientos en las zonas rurales.

El 35 por ciento de la producción mundial de granos se emplea en alimentar animales, no personas. China produce 50 por ciento de la carne de cerdo que se consume en el mundo. China importa cereales para alimentar puercos. El alza de precios en los alimentos afecta a los más pobres de los pobres de la tierra entre los cuales se cuentan unos diez u once millones de mexicanos, de conformidad con las novedosas clasificaciones de pobres que inventa Sedesol y otros organismos burocráticos similares y conexos, como las que emplean los secretarios respectivos y su pléyade de técnicos burócratas recién especializados en “comunicación social.”

México, comparado con otros países, tiene una ventaja muy escondida para incrementar la producción de granos para la alimentación y la producción avícola en el inmediato plazo. Son las tierras ejidales que en el primer sexenio de la globalización fueron liberadas de sus limitantes ejidales para que el campesino con derechos a salvo pudiera rentarlas o arrendarlas a terceros. Así 30 por ciento de la tierra productiva se encuentra ociosa.

El abandono del campo es una tragedia nacional. Volver a cultivarlo es una esclavitud.  El campesino tradicional sigue trabajando la tierra con arado romano. El mercado nacional de granos alimenticios está en manos de los grandes e institucionales exportadores.  Muy pronto habrán quebrado la resistencia de las autoridades agrarias y alimentarias para abrir las tierras abandonadas al cultivo de transgénicos. En los últimos siete u ocho años las autoridades permitieron campos experimentales de transgénicos. México padecerá tragedias parecidas a las que ocurrieron en la India. El cultivo de transgénicos requiere el empleo de grandes cantidades de insecticidas mezclados con agua que atraviesan capas de suelo que contamina mantos acuíferosque antes estaban reservados para el consumo humano. Las fotos de los hombres afectados por la ingesta de agua con grandes residuos de insecticidas, padecen graves alteraciones en brazos y piernas. El National Geographic Magazine publicó hace unos tres o cuatro años fotos de hombres y mujeres que nacieron con brazos y piernas deterioradas, deformadas.  Su vida transcurre en sillas de ruedas de grotesca fabricación casera. Mientras otros países enfrentan con éxito los embates de las productoras de semillas transgénicas, México pronto autorizará la producción de esos granos. Habrá aplausos. Su inexplicable siembra experimental la apadrinan exitosas compañías mexicanas.