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Tras la tormenta

  • La moviola/ Gerardo Gil

Y no, el título de esta columna no hace referencia a la visita de Tláloc a esta ciudad, sino al filme japonés  Tras la tormenta (Umiyorimom Hadafukaku, Hirokazu Kore-eda, 2016) que en medio de la batalla por ganar pantallas y formar audiencias que busquen algo más que el blockbuster nuestro de cada día, se estrena este fin de semana.

Onceavo largometraje del director de filmes como De tal padre tal hijo (Soshite Chichi ni Naru, 2013) donde aborda entre otras cosas el tema de la paternidad, en esta ocasión va más allá y además de seguir por la misma senda de las relaciones filiales, se adentra en el proceso de ruptura y el cerrar círculos que enfrenta Ryota (Hiroshi Abe) un hombre que entra en los 50 y que nada entre dos polos: un profundo patetismo y la búsqueda de dignidad.

Ryota percibe de manera vaga el prematuro fracaso al que se encamina, es en el mejor de los casos, un árbol que ha tardado en dar frutos, como dice su madre, la anciana Yoshiko (KirinKiki), personaje que hace las veces de conciencia crítica del espectador y justifica así los yerros de su hijo.

El hombre, quien también tiene relaciones complicadas con su hermana, de hecho con todas las mujeres que lo rodean, se anotó un triunfo hace varios años al publicar una novela de cierto éxito, pero se medio gana la vida como investigador privado en una agencia que busca perros perdidos, infidelidades y asuntos similares que le dan la oportunidad de extorsionar a algunos clientes en lo que le llega la inspiración para la publicación de un segundo libro que lo saque del fracaso y que ha tardado más de una década. Todo bajo la compañía de su joven ayudante (SosukeI kematsu) a quien de paso le gorrea todo el tiempo.

Ryota además lucha por conseguir el respeto del pragmático Shingo (Taiyo Yoshizawa) su hijo de 11 años que lo ve con conmiseración y algo de lástima, mientras el fracasado escritor lo agota con preguntas sobre la nueva relación de su exesposa Kyoko (Yoko Maki) quien le exige, también con cierta benevolencia, la manutención del niño. Varios aspectos resaltan en el filme. En primer lugar Hirokazu Kore-eda se adentra en las relaciones de familia. Y no lo hace  desde una perspectiva complaciente, sino vista a través de los matices que da el entramado social actual: la separación de Ryota y Kyoko marcan la pauta de las acciones de los personajes en una sociedad como la japonesa en la que  la anciana Yoshiko aguantó varios años de matrimonio hasta que enviudó, pero ve como la estructura familiar de su hijo se
reacomoda a nuevos tiempos.

El ambiente profesional en el que se desenvuelve el fracasado escritor coquetea con cierto aire paródico de los personajes detectivescos de la novela negra: el hombre es más bien descuidado en su aspecto y se mueve en un ambiente torvo mientras se queja con su madre de que el helado que le da está muy congelado después de romperle una ventana en un descuido.

Tras la tormenta, es la radiografía del entramado social que califica sin miramientos la búsqueda infructuosa del éxito y lo paralizante que puede ser este hecho. Son las profundas relaciones que se entretejen después de vivir la tragedia cotidiana. No la estridente, sino la que se percibe en la rutina
mediocre de sus personajes.

Pero estos, cargan al mismo nivel virtud y patetismo: el mediocre detective que miente cuando lleva a comer a su hijo hamburguesas al decirle que no tiene hambre porque no cuenta con suficiente dinero y el niño, quien escoge unos tenis más baratos como regalo pero en todo momento lo ve con cierta
conmiseración.

Un primer plano, el emotivo y otro, el de los distintos matices de los personajes, hacen un filme que sin estridencia conmueve por verídico. Profundamente humano y brutalmente honesto.