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Tratado de Asociación Transpacífico: costos incalculables / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

El pasado miércoles, el secretario de Economía, en nombre del Gobierno de México, firmó el Tratado de Asociación Transpacífico (TPP) en Auckland, Nueva Zelandia (NZ), junto con sus homólogos de Australia, Brunei Darussalam, Canadá, Chile, Estados Unidos de América (EUA), Japón, Malasia, NZ, Perú, Singapur y Vietnam, considerado el mayor tratado de libre comercio de la historia y, de acuerdo con dicha Secretaría: “la negociación comercial plurilateral más relevante y ambiciosa a nivel internacional, por la cobertura de productos y las disciplinas que incluye, así como por la importancia económica de los países participantes”, una docena de naciones que detentan en conjunto el 36 por ciento del Producto Interno Bruto Mundial.

Su origen se remonta al Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica -Pacific Four o P4- (que vinculó por primera vez a países de ambos lados del Pacífico: Chile, Singapur, Brunei y NZ, en gran medida para servir de contrapeso al crecimiento de las economías china y del Sureste Asiático), cuya negociación comenzó a partir de la reunión de líderes que tuvo lugar en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) y su operación en 2006, cambiando en 2008 su nombre al de Acuerdo de Asociación Transpacífico a partir de la iniciativa e integración a éste de EUA, y luego de Australia, Perú, Vietnam y Malasia. ¿Qué se desprende de ello? En pocas palabras, es de sobra sabido que el trasfondo del TPP es la respuesta norteamericana para evitar su exclusión del bloque económico compacto que pudieran constituir los países del Sureste Asiático, en especial con China, a fin de mantener y fortalecer su control estratégico hegemónico -geopolítico y geoeconómico- estableciendo sus condiciones en el área. De ahí la propia invitación de formar parte del TPP hecha por el Presidente de EUA a nuestro homólogo Felipe Calderón en 2012 durante la Cumbre del Grupo de los 20 en Los Cabos.

La alerta para México estaba pues, encendida desde hace varios años y ahora se intensifica por varias razones. El TPP se ha discutido a espaldas de la sociedad mexicana, comprendidos sus pueblos originarios, a tal grado que ni siquiera el propio Senado dice conocer el texto definitivo, pero hay algo aún más delicado: todo anticipa que habrá de detonar gravísimas consecuencias en distintos sectores de la economía nacional, ya que su propia esencia es deletérea. Es un tratado que en vez de garantizar el impulso y promoción del libre comercio y la competitividad, habrá de fortalecer, en exclusiva y con la anuencia de los distintos Gobiernos signatarios, los intereses de grandes transnacionales como Monsanto, Walmart, Nestlé, Cargill, Pilgrims, Tysson, Maseca, Bimbo, Bachoco, entre otras, las mismas que hoy controlan el campo mexicano, en detrimento de productores agrícolas y pecuarios, así como de la sociedad en general en rubros como salud, educación, libertad de trabajo, expresión y acceso a la información -principalmente en internet-, pero sobre todo en perjuicio brutal del agro mexicano y del medio ambiente, aniquilando lo que quedaba aún de nuestra soberanía alimentaria y abriendo de par en par la puerta a los transgénicos. En suma, todo anticipa que los efectos del TPP serán infinitamente más dañinos que los del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que, junto con la contrarreforma agraria salinista, agudizó la crisis generalizada que carcome al campo mexicano en el que gana cada vez más terreno el cultivo de opiáceos.

Veamos algunos puntos clave: no solo las ganancias que pudiera percibir México serán nulas. Permitir la renovación perpetua de patentes médicas impedirá que los sectores de bajos recursos pudiera tener acceso a los medicamentos genéricos, al tiempo que impulsará la patentización de conocimientos indígenas sobre herbolaria. Del 42 por ciento de dependencia alimentaria, se calcula superaremos el 80 por ciento. La producción de café, arroz, trigo, maíz, aceite de palma, vino, frutos rojos, manzana, chile, plátano, mango, azúcar, harina de pescado, camarón, langosta, carne y productos lácteos será severamente afectada con la libre importación proveniente de Vietnam, Tailandia, EUA, Malasia, Chile, Perú, Australia y NZ. El TPP obligará a los campesinos a comprar y usar exclusivamente semillas transgénicas, monopolizadas por Monsanto, fomentando la agricultura industrial mediante el uso de agrotóxicos al tiempo que rechazará toda regulación de derechos de pueblos indígenas sobre recursos naturales. Favorecerá la comercialización de la pesca ilegal comprendida la carne de ballena, así como el tráfico de flora y fauna, facultando a las grandes transnacionales para demandar con cifras estratosféricas a los Gobiernos aduciendo daños o pérdidas económicas derivados de conductas o legislaciones que aduzcan les han generado afectaciones en sus ganancias, comprendidas las de carácter de protección ambiental, materia que a partir de este Acuerdo quedará sujeta a la discrecionalidad de las naciones, no ya de los convenios internacionales.

Es allí donde uno se cuestiona horrorizado por qué el Gobierno mexicano continuó con su empeño hasta suscribir semejante Acuerdo. Por lo pronto, se está generalizando ya en su contra cierto repudio en distintos sectores sociales de países también signatarios como Malasia y los propios Canadá y EUA, pero en México nuestra democracia es una falacia. La única esperanza que nos resta es esperar que en el Senado dicho documento no sea ratificado. De lo contrario los costos para México, en todos los sentidos, serían incalculables.
bettyzanolli@hotmail.com

@BettyZanolli