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Tricolores encanijados

  • Catalina Noriega

Las apariencias engañan y si alguien piensa que las mesas de debate previas, a la XXII Asamblea Priista, fueron miel sobre hojuelas, se equivoca. Saltaron chispas y, aunque emisarios de Los Pinos trataron de apagarlas, la yesca quedó encendida.

El objetivo principal del cónclave, que hoy contará con la presencia del tlatoani, no es otro que el de intentar quitarle a la sociedad, el mal sabor de boca del “nuevo PRI”.

Un “Robolucionario Institucional”, que regresó al poder, tras haberlo perdido durante 12 años, jurando que había cambiado. La similitud del comportamiento, de quienes ocuparon los regímenes de la “alternancia”, convenció a una ciudadanía indecisa, de que más valía “malo por conocido”. No tardó en llegar el arrepentimiento.

La robadera, en su más perfecta expresión, se hizo presente desde los albores de su arribo. La generación “juvenil” (Antes conocidos como mocosaurios), resultó de manos más largas, que la de los mismos “Dinos”. Los escándalos por sus desmanes, la “Casa Blanca” de la Gaviota y las prebendas y privilegios a los cuates constructores -entre otras lindezas-, le costaron a Peña Nieto la aspiración femenina (De los tiempos de campaña), de llevarlo “a su colchón”.

El nonagenario partido se fue al hoyo y perdió casi cinco millones de votos, once gubernaturas, y sobre todo, la aceptación del gran sector azteca que lo vio como un mal menor -en vista de la carencia de políticos de primera línea, en todos los membretes-. De cara al 18 se intentan reivindicar y dar la apariencia de que, como nunca, “están unidos” y prestos a ganar.

Ni la consigna logró convencer. A las archimentadas mesas les salieron ancestrales rezongones. Impusieron los dictados del de arriba, pero dejaron en la rabia a los de abajo.

Se dijo sí a la eliminación de los candados, que impedían elegir como candidato, a quien tuviera menos de 10 años de militancia o fuera independiente de sus siglas. A partir de ahora, cualquier ciudadano “siempre que sea probo, honesto y honrado” -como la buena costurerita- y que “califique frente a la posibilidad de ganarles a sus contrincantes”, tendrá acceso a representar al tricolor.

¿Podrán distinguir a estos prohombres, de la caterva de malandrines que han llevado a altos cargos? Se ve difícil que logren identificar cualidades que ignoran en su propio pellejo, como la ética y la moral, pública y privada.

¿Y lo de ir juntos y de común acuerdo? Un perdulario -Ulises Ruiz, exmandamás de Oaxaca-, resultó de los más contestatarios. Exigía a gritos y manotazos, que se dejaran los candados, que solo los fieles miembros del rebaño, tenían derecho a la pastura.

Su exigencia viene de lejos y de grandes sectores de una fuerza política, que impide a inocentes crédulos, subir en el escalafón. De tiempo atrás, empezó a darse el éxodo a otros partidos, ante la negativa de la cúpula a permitir un “suelo parejo”, en el que se diera la competencia.

El dedazo, por encima de todo, señala a sus predilectos y saca de la jugada a los ajenos. De Cuauhtémoc Cárdenas, a López Obrador, o los más recientes, Carlos Joaquín y demás enorme lista de “próceres” perredistas, morenistas y hasta panistas, provienen del mismo pesebre.

Y será el dedazo, el que nomine al sucesor, aunque se quede a mitad de camino. Funcionó con Eruviel Ávila y ahora con el primo Del Mazo. Se augura un gran fracaso para el 18, aunque, si aceitan la desvencijada maquinaria y la caballada opositora sigue igual de flaca, podrían de purito milagro, volver a hacerla.
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