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Tristezas

  • Pasos de Diamantina: Lorena Avelar

La tarde viene de golpe con sus álamos húmedos, donde los pensamientos escalan como hiedra hasta morder los tejados. El calor se enrosca en la cola de un perro que dormita en el asfalto.

Son las tristezas que sueltan al viento su mano y, en la pradera se hunde mi lamento; en la que corro, acribillada de gotas, empapada hasta el temblor de mi médula. Se siente mi voz baja, queda, como un lamento empantanado, como si se fuera a desquebrajar y desaparecer.

Tristezas de un pasado árido, un pasado mustio que enmohece mi corazón. Un pasado estruendoso, convertido en andrajosos gemidos que molestan al presente. Me aburre mirar hacia mi interior y me molesta paladear mi tedio. Observo lo que mi mente hace, no la reprimo, tampoco la perturbo, para tener una sensación completa de lo que es pensar y de lo que es ser testigo.

Las tristezas observan como el tiempo llora lentamente, como fluyen pensamientos efervescentes, como perezco de pena, de llanto, de ausencia. Respiro entre penumbras, inhalo silencios herméticos, vastas pausas de abatimiento, tiranas ausencias de eufonías y contentos.

Tristezas que cavilan la melancolía, taimada, pesada y, mi respiración solloza, desdichada, letal; engulle órganos, aglomera aromas, relega sentimientos, transforma fantasías y, aún estas noches de fin de verano, me siento cansada, he intento vomitarla y corro, camino, ando con Pasos de diamantina para ver si se ha marchado.