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Trump y sus clases a Narciso/ De Cara al Sol / Andrea Cataño Michelena

  • Andrea Cataño

Segunda Parte

Nada parece ser capaz de detenerlo. Como dicen algunos comentaristas, no es que Trump se haya adueñado del debate político, sino que él mismo se ha convertido en el debate y hasta el día de hoy parece enfilarse inexorablemente a la candidatura por el Partido Republicano.

Aunque las encuestas indican que Trump perdería frente al candidato demócrata, ya sea Hillary Clinton o Bernie Sanders, ¿podría Trump llegar a convertirse en presidente? En caso de ser así, podemos anticipar que la política de aquel país cambiaría drásticamente y no para bien.

En el análisis que hacía yo la semana pasada, expresé que la exagerada autoestima de Trump se resiste a la mínima crítica, que su impulsividad y falta de empatía -rasgos de su personalidad narcisista- lo convierten en un peligro para Estados Unidos y el mundo.

El discurso de Trump, alejado del habitual tono de los políticos, le ha dado un baño de autenticidad a ojos del sector más desencantado del electorado de derecho. Es obvio que el mensaje de Trump es populista, maniqueo y reduccionista. Como decía mi adorado Óscar Wilde, es mejor que hablen de uno, a que no hablen. Y a esto también le apuesta el señor del indescriptible copetito, aprovechando las grandes cantidades de publicidad gratis que recibe por sus bravuconadas y ataques, con sus ideas grotescas y sus ocurrencias sensacionalistas, ha estado reduciendo a cenizas a candidatos prometedores como Marco Rubio, Ted Cruz o un Jeb Bush.

Trump causa alarma porque se muestra extremista en aspectos delicados como en la política exterior y algunas de sus ideas pueden parecer propias de la ultraderecha europea, sobre todo en cuanto a inmigración o terrorismo. Emplea frases de batalla nacionalistas como “hagamos América grande de nuevo” que, unidas a algunas de sus propuestas más alocadas, suenan a tácticas nazis.

Aun así, se crea o no la totalidad de su discurso, la pregunta es: ¿en qué radica su éxito? Parte de la respuesta nos la podría haber dado el propio Trump cuando presume de que su condición de multimillonario le permite ser un candidato espontáneo y diferente, aunque haya sido astuto presentándose bajo el paraguas del Partido Republicano; se ha valido de las siglas republicanas pero afirma no necesitar los habituales apoyos a los que recurren otros políticos en campaña. Y lo cierto es que actúa como si de verdad no los necesitase. Esto es algo que ha impresionado incluso a sus detractores.

Trump se ha atrevido a desafiar y despreciar a quien sea, como a Fox News, la cadena televisiva más seguida por el público de la derecha republicana, aunque lo haya tratado bien en el pasado, por las preguntas incómodas que la periodista Megyn Kelly le formuló al narcisista precandidato quien después del cruce de declaraciones anunció que no volvería a asistir a ningún programa patrocinado por la cadena de noticias.

Trump consigue activar a un público que hasta ahora apenas votaba, como los trabajadores sindicalizados del nordeste del país con altos niveles de desempleo y pobreza, el mensaje de Trump parece estar calando. También cala entre aquellas capas obreras de raza blanca donde la inmigración podría levantar ampollas, ya que sería percibida como una competencia laboral “desleal”. O entre aquellos a quienes preocupa el terrorismo islámico y piensan que la inmigración es una puerta abierta a las células terroristas.

El fenómeno Trump, por excéntrico que parezca, no es algo casual. Se explica dentro de un cuadro de crisis y desencanto. Creen que serán ricos porque los gobernará un millonario, que recuperarán los trabajos que ocupan los inmigrantes, que van a pelear por recuperar su hegemonía mundial y a contar con fronteras blindadas. Y este asunto, queridos lectores, se va a poner muy interesante. Lo seguiremos.

andreacatano@gmail.com