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Un cuarto propio

  • Lucía Raphael

La Primavera violeta: ¡Vivas nos queremos!”

El 24 de abril hubo marcha, fue violeta, asistieron más de 10 mil personas; muestra de la pluralidad, del sentimiento de mujeres de todas clases sociales, edades, procedencias. Vino desde Ecatepec hasta “La Ángela”, y surgió de manera espontánea, por las redes sociales. El detonador: el Estado protegiendo a “Los Porkys”; pero el enojo es rancio y legítimo. Tuvimos que pasar más de 40 años de feminismo para que un contingente así tuviera lugar.

“La historia de las mujeres es la historia de su toma de la palabra” (Perrot) Cuan corta y balbuceante, pero que joven y vital comienza a ser nombrada, re-apropiada. Que conmovedor que este pasando. Lamas enfatizó que coincidió con el 10º aniversario del ILE en la Ciudad de México. Los procesos históricos son lentos, lo serán hasta que todas sepamos atajar sin miedo: “No, es no”.

La marcha fue histórica, desde la construcción de un espacio que emociona y desgarra, de una Reforma teñida de morado, batucada feminista, concheras, y pancartas llenas de humor y energía transformadora, hasta el origen: la denuncia de una cultura que odia a las mujeres, una cultura dicotómica basada en la exclusión, con tal nivel de misoginia que se ha sistematizado en todas estas violencias.

Lo que ocurrió tiene que ver con la creación de un espacio que busca recuperar nuestra humanidad, nuestra conexión con la “alteridad”. Fue un compartir experiencias transmitidas de manera horizontal, haciendo comunidad. Su belleza es explicada por lo que Foucault llama “el lugar de los procesos de subjetivación de resistencia”. Esta: “ocasión de su diseminación por todo lo social, contagio que no posee un origen único y homogéneo localizable en el tiempo y en el espacio, y que ejemplifica lo público a través y entre las prácticas colectivas”.

Eso ocurrió y con eso debemos quedarnos para continuar. Porque ocurrió también, que una vez más la bestia hambrienta de reflectores, aquel contra el que esta manifestación pacifista se erigió, sin entender lo que este “espacio creado por las mujeres para las mujeres” significaba; atacó y exigió ser el centro.  No estoy a favor de los “separatismos”, adhiero a una de las afirmaciones del manifiesto de las compañeras del Estado de México: “Llamamos a la rebeldía, a la organización, a la articulación entre movimientos, solo así terminaremos con el sistema capitalista patriarcal”. A mí los contingentes divididos en mujeres y hombres me recuerdan la educación tradicional cuando apartaba a las niñas de los niños. Más allá de esto, comprendo que cuando un encuentro se organiza a partir de ciertas reglas, una verdadera comprensión “empathica” podría haber sido la de respetar las reglas del momento y no la de querer imponerse a la cabeza de la marcha, una actitud que expone una vez más la violencia estructural machista que se está denunciando. En el peor de los sentidos, no aplaudo la consigna escrita en el monumento de los 43: esa de “Yo no soy Ayotzinapa”, pero el nivel de violencia de las amenazas, mensajes y fotografías que está recibiendo la compañera que lo escribió, sobrepasan la inimaginable patología de la que se responsabiliza al Estado. La enfermedad y cobardía de quienes se esconden en las redes expone la podredumbre también de su población y es alarmante. Los mensajes solo ensucian la fuerza solidaria y adolorida de quienes buscamos un México distinto, y no puede venir de quienes defienden la memoria de nuestros 43 estudiantes asesinados. Yo me adhiero a lo que la activista cultural Lorena Wolffer afirma: “Fue el inicio (espero) de una visibilización inusitada de las violencias contra las mujeres. Sigo movida y con-movida por haber caminado por las calles de esta ciudad por erradicar las violencias”. Que no se quede ahí…

Escritora e Investigadora IIJ UNAM

learapha@gmail.com

@LUCIARAPHAEL11